
El femicidio ni es
natural ni es privado. Es cultural: el patriarcado es su causa, y es social
porque una sociedad no puede quedarse mirando cómo matan a sus mujeres como si
de cuestiones individuales se tratase. Ese es un doble prejuicio muy difícil de
combatir pero imprescindible hacerlo si queremos avanzar con lo que ya sabemos,
con lo que ya estudiamos y aprendimos.
El
campo de la prevención es el único que puede hacerle límite a este drama
social. Y conviene recordar que, siendo un drama social, se materializa en cada
caso, en cada casa familiar donde, toda la prensa lo dice, las mujeres adultas
y las niñas corren más riesgo que en la calle. Con este aspecto del caso a caso, entramos
en la clínica.
El
psicoanálisis puede enseñarnos a prestar una escucha sin prejuicios, una
escucha que no ponga la etiqueta, que no piense que porque estuvo sometida y
sostenida de un discurso que la dejaba muda, ella no tiene voz ni voto en su
vida actual y en la que pueda procurarse. Una posición tal la del analista que no
dictamine que eso no tiene buen arreglo posible, algún parche tal vez pero…
Es
obvio que no se debe entrar ni al trapo ni a saco. Es necesario que el analista
esté analizado para qué su angustia no precipite una salida a destiempo del
consultorio. No es fácil.
Pero
es posible.
Partimos
de una víctima. No es cuestión de discutirlo. Pero tenemos que poder conducir
una cura que la lleve a sostenerse de otro discurso. Para ello voy a señalar en
este texto un par de cosas.
Las
mujeres una a una, salen de esa trampa, se transforman. Producen una vida otra
que la que vienen padeciendo y produciendo en el mismo movimiento de no salida
en el que estaban atrapadas.
Y
en eso no son distintas de los demás, hombres y mujeres que vienen a
psicoanalizarse por el motivo que encuentren para iniciar su viaje. Es
necesario poder llevarlas a incluirse, es necesario que podamos pensarlas con
las estructuras freudianas que Lacan nos enseña a potenciar.
Pero
una clínica menos tonta ha de obligarnos a los psicoanalistas a producir los
textos que planteen seriamente qué ha pasado, cómo han quedado como resultado
de atravesar ese drama social en las carnes propias, y en qué consiste ese
aislamiento singular que las ha convertido en personas que como ya se ha dicho,
duermen con el enemigo. En su cama y en el efecto devastador del sometimiento
en el que están inmersas.
Una
clínica menos tonta es aquella que lleve a usar los recursos ahí, donde hay
salida posible. Una clínica menos tonta será aquella donde los psicoanalistas
dejemos de tener que entrar con tanto cuidado al tema, como si defendiéramos
barbaridades prejuiciosas.
Una
clínica menos tonta será una vez más, aquella que piense la singularidad de
estas mujeres en este tiempo que es el nuestro.
Bibiana
Degli Esposti
Psicoanalista
Buenísimo, por favor más trabajos sobre un tema tan candente!
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