El soñar es un acto verdaderamente humano, y decimos
“verdaderamente”, porque en sus múltiples deformaciones, condensaciones y
desplazamientos, se nos mostrará el trabajo del inconsciente como lo
verdaderamente humano. El deseo inconsciente se deslizará entre palabras,
puntuando, metaforizando, condensando, entrecomillando, patentizando, así se
deslizará. No precisamente en el contenido de lo dicho, sino en la manera en
que las palabras arman su trama de discurso, así deslizará, y aun, no todo. La
palabra entra en juego como un discurso, independientemente de su sentido, y
sometido a las reglas de que “todo no se puede decir”. El deseo, imposible de
expresar, encuentra un medio apto para deslizarse, el lenguaje, y así montarse
sobre el alfabeto, en la fonemática de los restos diurnos, descargados ellos
mismos de deseo. “Lo que nunca sucedió es lo que se recuerda siempre.” Al
hablar de “restos diurnos”, Freud afirmaba que eran formas errantes,
indiferentes, nimias, que el sujeto consideraba poco importantes, porque han
sido vaciadas de sentido. Entonces, el material significante, el jeroglífico,
está constituido por formas destituidas de su sentido propio, restos
desterrados y usados para ser retornados para una nueva organización a través
de la cual logra expresarse otro sentido. Y además logra configurar una nueva
realidad. El objeto “a”, este resto caído, es causa de deseo, es decir, causa
del sujeto del inconsciente. Sin objeto “a” se produciría la muerte de la
posibilidad, porque como dijimos, el “a” conlleva la posibilidad misma del
desear. El resto, así concebido, es siempre productivo. El analista es siempre
testigo de la pérdida. La
presencia del analista es la interpretación, es decir, una manifestación del
inconsciente, por estar integrado al concepto de inconsciente. Aunque la cita
siempre es fallida. Si el analista es la interpretación, no hay personas en
juego…sólo palabras y efectos de sentido. El soñar es un acto verdaderamente
humano, y decimos “verdaderamente”, porque en sus múltiples deformaciones,
condensaciones y desplazamientos, se nos mostrará el trabajo del inconsciente
como lo verdaderamente humano. El deseo inconsciente se deslizará entre
palabras, puntuando, metaforizando, condensando, entrecomillando, patentizando,
así se deslizará. No precisamente en el contenido de lo dicho, sino en la
manera en que las palabras arman su trama de discurso, así deslizará, y aun, no
todo. La palabra entra en juego como un discurso, independientemente de su
sentido, y sometido a las reglas de que “todo no se puede decir”. El deseo,
imposible de expresar, encuentra un medio apto para deslizarse, el lenguaje, y
así montarse sobre el alfabeto, en la fonemática de los restos diurnos,
descargados ellos mismos de deseo. “Lo que nunca sucedió es lo que se recuerda
siempre.” Al hablar de “restos diurnos”, Freud afirmaba que eran formas
errantes, indiferentes, nimias, que el sujeto consideraba poco importantes,
porque han sido vaciadas de sentido. Entonces, el material significante, el
jeroglífico, está constituido por formas destituidas de su sentido propio,
restos desterrados y usados para ser retornados para una nueva organización a
través de la cual logra expresarse otro sentido. Y además logra configurar una
nueva realidad. El objeto “a”, este resto caído, es causa de deseo, es decir,
causa del sujeto del inconsciente. Sin objeto “a” se produciría la muerte de la
posibilidad, porque como dijimos, el “a” conlleva la posibilidad misma del
desear. El resto, así concebido, es siempre productivo. El analista es siempre
testigo de la pérdida. La
presencia del analista es la interpretación, es decir, una manifestación del
inconsciente, por estar integrado al concepto de inconsciente. Aunque la cita
siempre es fallida. Si el analista es la interpretación, no hay personas en
juego…sólo palabras y efectos de sentido.
Marcela Villavella
Psicoanalista

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