jueves, 17 de enero de 2013

Deseo y amor en la neurosis obsesiva


Freud incluye la neurosis obsesiva dentro de las neurosis de transferencia, donde el deseo que está en juego es un deseo sexual infantil que ha sido sometido a grandes tendencias represoras.
           
            En la neurosis obsesiva el Yo ejerce la represión sobre la representación intolerable, que permanece inconsciente, y el afecto se va a enlazar a otra representación, pero insignificante. Toda la dramática del neurótico obsesivo sucede en su psiquismo, las representaciones obsesivas son intensas, lo que trae como consecuencia que padezca de sus propios pensamientos.

            Uno de los mecanismos de defensa utilizados por el Yo, es el llamado formación reactiva. Pueden observarse, muchas veces, en el obsesivo manifestaciones de intensa ternura, que encubren, en realidad, un intenso odio; la persona más amada es, a la vez, la más odiada.

            La neurosis obsesiva y la histeria resultan de una acción traumática de experiencias sexuales vividas en la infancia y de imponerse en una defensa contra la representación a todo afecto que provenga de esas experiencias y que intenten perpetuar lo que tenían de inconciliables con el Yo.

            En la neurosis obsesiva y en la histeria, el trabajo defensivo, se asentará en transformar la representación de la experiencia infantil penosa en una representación debilitada, y en orientar hacia otros modos la suma de excitación que ha sido separada de su fuente verdadera.

             En la histeria la fuente de excitación es volcada a lo corporal por el proceso de conversión, en tanto que, en la neurosis obsesiva como en la fobia, debe permanecer en el dominio psíquico.

            El Superyó tiene una relación muy particular con el Yo del obsesivo, tiraniza al Yo, porque no se anoticia de la represión. El Yo,  bajo los efectos de la represión, desconoce de qué es culpable, pero padece el sentimiento de culpa, que proviene de esta relación con el Superyó. Para defenderse del Superyó, el Yo despliega toda una serie de mecanismos de inhibición, penitencias, síntomas, restricciones, formaciones reactivas, encaminadas al autocastigo.

            Al articular la cadena significante, el sujeto pone en primer plano, la carencia  de ser, carencia de la que intenta sustraerse en un llamado al Otro que obturaría lo que le es imprescindible al sujeto, es decir, el deseo. El Otro es llamado a colmar con aquello que no posee, pues ese Otro como lugar de la palabra, implica también una carencia.
El deseo evoca la carencia del ser bajo tres presencias del vacío que son las que constituyen la demanda de amor, del odio que viene a negar el ser del Otro y de lo indecible, desconocido ante la petición al otro semejante.
            En el texto, “La dirección de la cura”, Lacan expresa que para que el deseo surja, la necesidad tiene que pasar por los desfiladeros del significante. También nos acerca al  concepto  de que el deseo del sujeto es el deseo del Otro y que es la dialéctica de la transferencia la que abre el lugar a ese Otro como lugar de la palabra.
            En la clase “El obsesivo y su deseo”, del seminario 5, Lacan manifiesta que el obsesivo ha de constituirse frente a su deseo evanescente. Dicha evanescencia puede observarse en los proyectos ambiciosos que el obsesivo promueve, los cuales o no son posibles o el deseo se evapora.
            En el neurótico obsesivo se plantea una opción entre el deseo o el Otro. Cada vez que “quiere algo”, ese querer se sostiene en un querer  que es contra el Otro. Tiene la impresión que si lo que él quiere también lo quiere el Otro ya no sería su propio deseo sino que le pertenecería al Otro, lo cual trae como consecuencia la aparición de la duda. Habría una cierta obcecación en el obsesivo, lo que le plantea una paradoja, ya que si es “o deseo o el Otro” no es ninguna de las dos cosas porque el deseo esta en relación al Otro.
            El deseo en la neurosis obsesiva es un deseo imposible ya que al anular el deseo del Otro, anula el propio deseo transformándolo en imposible. Si logra en alguna oportunidad lo que quiere, ya no le interesa porque para lograrlo tuvo que anular el deseo del Otro.
            El obsesivo presenta un conflicto respecto del tiempo que se hace evidente en la postergación, goza en esa postergación. Freud plantea el problema de la postergación en relación al comportamiento anal y al hecho de no ceder el objeto. Lacan lo toma en relación a la demanda, la demanda es demanda del Otro que pide que ceda el objeto anal y la respuesta del obsesivo es la postergación.
            Existe en el obsesivo la ilusión de poder calcular todo y en esa ilusión, ama lo que es posible en oposición a la histérica que ama a la modalidad de la contingencia. En ese calcularlo todo, hay un goce que hace que lo sorpresivo no sea bien recibido y trate de explicarlo como anulando ese efecto de sorpresa.
            El sujeto de la neurosis obsesiva se halla subsumido en los tormentos de sus pensamientos, más interesado en los orígenes de su deseo que en el deseo del Otro. En la histeria y en la obsesión hay una estrategia para mantener el deseo como inaccesible. Para poder amar, el obsesivo, precisa que el objeto sea inaccesible lo que lo conduce al problema del deseo como imposible. En el caso clínico de neurosis obsesiva, trabajado por Freud, “El hombre de las ratas”, se puede observar los movimientos que hacía el paciente para mantener alejada a su amada, se imponía distintos mandamientos tales como no verla, no tocarla para que permaneciera intacta como la dama de sus pensamientos. Era su amada siempre que no pudiera acceder a ella.
El obsesivo lleva consigo el obstáculo para encontrarse con el Otro, lo que denomina Lacan en “El seminario 5”, “la jaula” donde está atrapado; y si se mueve, lo hace con la jaula a cuesta. Si le es posible hacer entrar a su amada, una vez dentro, el deseo muere. Para el obsesivo, el Otro está muerto en relación a su deseo, la amada puede no estar muerta en la realidad pero sí en su deseo.
            El obsesivo instaura una relación de agresión especular a nivel del deseo, postula su deseo contra el Otro y busca anularlo y al realizar este movimiento, destruye su propio deseo. Una vez que logra tener al Otro, ya no le interesa, es decir, que al plantearse “o el deseo o el Otro” pierde ambas cosas.
            El neurótico obsesivo tiene una manera muy particular respecto a sus relaciones, tanto con el otro semejante como con el Otro. El semejante se comporta como su rival y el Otro es aquel lugar desde donde se mira. Lacan plantea que el obsesivo está desdoblado en dos escenarios, está en la arena y, a la misma vez, está en el palco. Un escenario que lo muestra en la arena y al mismo tiempo observando, un escenario en el que se observa así mismo y donde se juega el lugar desde donde se mira y la diferencia donde el sujeto se ve. Se ve allí, con el otro imaginario, con el rival, con lo que Freud llama “yo ideal” y, al mismo tiempo, está en juego el lugar que Lacan llama Ideal del Yo, desde donde se mira.
            En el sujeto de la neurosis obsesiva hay dos maneras de pensar al Otro: el Otro significante y el Otro del deseo. Esto sería la distancia que se puede hallar entre el padre ideal y el padre de la realidad, fortalecido por un deseo que siempre posee alguna falta. El obsesivo concuerda con el Otro significante pero no con el del deseo, Esto se repite en su vida amorosa ya que tiende a la anulación del deseo y por consiguiente suele buscar un partenaire más ligado al significante.
            Lacan trabaja el ejemplo del niño y “su cajita”, donde ese “quiero la cajita” es un pedido que no puede ser sustituido por otra cosa. Sería como una idea fija en donde no hay dialéctica posible, una demanda que presenta un carácter de exigencia absoluta. El obsesivo, pide algo con ese tipo de exigencia para asegurarse que eso que quiere no sea lo que quiera el Otro porque si el Otro quiere lo mismo que él, ya no sabe lo que quiere.
            En los movimientos que realiza el obsesivo hacia su deseo, encuentra siempre un obstáculo pues su problema se sitúa en darle sostén a ese deseo ya que para él está condicionado por la destrucción de Otro aunque lo que sucede es la desaparición de su propio deseo.
            El deseo es el deseo del Otro, se ordena en significantes que vienen del lugar del Otro, para el obsesivo, no hay Otro a nivel del deseo por lo tanto, el deseo del obsesivo se desvanece y logra apoyar su deseo en un objeto que es reductible al significante, el falo. El soporte del falo se puede observar en el rol que juega la hazaña que se propone superar, lugar desde donde cree que debe mostrar su deseo.
            El deseo debe ubicarse y organizarse en un espacio, en el intervalo entre el llamado a la satisfacción y la demanda de amor. Se sitúa en un más acá y más allá en relación a la demanda. El deseo excede a toda respuesta en términos de satisfacción, la respuesta estará dada en el intervalo de los dos planos de la demanda: el plano del significado y el plano del significante. Cuando se aborda al sujeto del deseo, el Otro, es el relevo, el lugar donde surge la pregunta: Che vuoi? Es al Otro, como lugar de la palabra, a quien va dirigida la pregunta, a quien se dirige la demanda, a ese Otro que también desconoce su deseo, donde podrá encontrar las claves para descifrar su propio deseo pero no la respuesta pues el Otro es un sujeto barrado como él mismo.
Paula Putero
Psicoanalista

3 comentarios:

  1. Muy esclarecedor el articulo. Interesante el recorrido sobre la neurosis obsesiva. Gracias Paula!

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  2. Entonces, como puede el obsesivo tener una relacion "sana" o "estable"??

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  3. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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