Freud incluye la neurosis obsesiva
dentro de las neurosis de transferencia, donde el deseo que está en juego es un
deseo sexual infantil que ha sido sometido a grandes tendencias represoras.
En la neurosis obsesiva el Yo ejerce la represión sobre la
representación intolerable, que permanece inconsciente, y el afecto se va a
enlazar a otra representación, pero insignificante. Toda la dramática del
neurótico obsesivo sucede en su psiquismo, las representaciones obsesivas son
intensas, lo que trae como consecuencia que padezca de sus propios
pensamientos.
Uno de los mecanismos de defensa utilizados por el Yo, es
el llamado formación reactiva. Pueden observarse, muchas veces, en el obsesivo
manifestaciones de intensa ternura, que encubren, en realidad, un intenso odio;
la persona más amada es, a la vez, la más odiada.
La neurosis obsesiva y la histeria resultan de una acción
traumática de experiencias sexuales vividas en la infancia y de imponerse en
una defensa contra la representación a todo afecto que provenga de esas
experiencias y que intenten perpetuar lo que tenían de inconciliables con el
Yo.
En la neurosis obsesiva y en la histeria, el trabajo
defensivo, se asentará en transformar la representación de la experiencia
infantil penosa en una representación debilitada, y en orientar hacia otros
modos la suma de excitación que ha sido separada de su fuente verdadera.
En la histeria la fuente de excitación es
volcada a lo corporal por el proceso de conversión, en tanto que, en la
neurosis obsesiva como en la fobia, debe permanecer en el dominio psíquico.
El Superyó tiene una relación muy
particular con el Yo del obsesivo, tiraniza al Yo, porque no se anoticia de la represión. El Yo , bajo los efectos de la represión, desconoce
de qué es culpable, pero padece el sentimiento de culpa, que proviene de esta
relación con el Superyó. Para defenderse del Superyó, el Yo despliega toda una
serie de mecanismos de inhibición, penitencias, síntomas, restricciones, formaciones
reactivas, encaminadas al autocastigo.
Al articular la cadena significante,
el sujeto pone en primer plano, la carencia
de ser, carencia de la que intenta sustraerse en un llamado al Otro que
obturaría lo que le es imprescindible al sujeto, es decir, el deseo. El Otro es
llamado a colmar con aquello que no posee, pues ese Otro como lugar de la
palabra, implica también una carencia.
El deseo evoca la
carencia del ser bajo tres presencias del vacío que son las que constituyen la
demanda de amor, del odio que viene a negar el ser del Otro y de lo indecible,
desconocido ante la petición al otro semejante.
En el texto, “La dirección de la cura”, Lacan expresa que para que el deseo
surja, la necesidad tiene que pasar por los desfiladeros del significante.
También nos acerca al concepto de que el deseo del sujeto es el deseo del
Otro y que es la dialéctica de la transferencia la que abre el lugar a ese Otro
como lugar de la palabra.
En la clase “El obsesivo y su deseo”, del seminario 5, Lacan manifiesta que el
obsesivo ha de constituirse frente a su deseo evanescente. Dicha evanescencia
puede observarse en los proyectos ambiciosos que el obsesivo promueve, los
cuales o no son posibles o el deseo se evapora.
En el neurótico
obsesivo se plantea una opción entre el deseo o el Otro. Cada vez que “quiere
algo”, ese querer se sostiene en un querer
que es contra el Otro. Tiene la impresión que si lo que él quiere
también lo quiere el Otro ya no sería su propio deseo sino que le pertenecería
al Otro, lo cual trae como consecuencia la aparición de la duda. Habría una
cierta obcecación en el obsesivo, lo que le plantea una paradoja, ya que si es
“o deseo o el Otro” no es ninguna de las dos cosas porque el deseo esta en
relación al Otro.
El deseo en la neurosis obsesiva es
un deseo imposible ya que al anular el deseo del Otro, anula el propio deseo
transformándolo en imposible. Si logra en alguna oportunidad lo que quiere, ya
no le interesa porque para lograrlo tuvo que anular el deseo del Otro.
El obsesivo presenta un conflicto
respecto del tiempo que se hace evidente en la postergación, goza en esa
postergación. Freud plantea el problema de la postergación en relación al
comportamiento anal y al hecho de no ceder el objeto. Lacan lo toma en relación
a la demanda, la demanda es demanda del Otro que pide que ceda el objeto anal y
la respuesta del obsesivo es la postergación.
Existe en el obsesivo la ilusión de
poder calcular todo y en esa ilusión, ama lo que es posible en oposición a la
histérica que ama a la modalidad de la contingencia. En
ese calcularlo todo, hay un goce que hace que lo sorpresivo no sea bien
recibido y trate de explicarlo como anulando ese efecto de sorpresa.
El sujeto de la neurosis obsesiva se
halla subsumido en los tormentos de sus pensamientos, más interesado en los
orígenes de su deseo que en el deseo del Otro. En la histeria y en la obsesión
hay una estrategia para mantener el deseo como inaccesible. Para poder amar, el
obsesivo, precisa que el objeto sea inaccesible lo que lo conduce al problema
del deseo como imposible. En el caso clínico de neurosis obsesiva, trabajado
por Freud, “El hombre de las ratas”,
se puede observar los movimientos que hacía el paciente para mantener alejada a
su amada, se imponía distintos mandamientos tales como no verla, no tocarla
para que permaneciera intacta como la dama de sus pensamientos. Era su amada
siempre que no pudiera acceder a ella.
El
obsesivo lleva consigo el obstáculo para encontrarse con el Otro, lo que
denomina Lacan en “El seminario 5” , “la jaula” donde está
atrapado; y si se mueve, lo hace con la jaula a cuesta. Si le es posible hacer
entrar a su amada, una vez dentro, el deseo muere. Para el obsesivo, el Otro
está muerto en relación a su deseo, la amada puede no estar muerta en la
realidad pero sí en su deseo.
El obsesivo instaura una relación de
agresión especular a nivel del deseo, postula su deseo contra el Otro y busca
anularlo y al realizar este movimiento, destruye su propio deseo. Una vez que
logra tener al Otro, ya no le interesa, es decir, que al plantearse “o el deseo
o el Otro” pierde ambas cosas.
El neurótico obsesivo tiene una
manera muy particular respecto a sus relaciones, tanto con el otro semejante
como con el Otro. El semejante se comporta como su rival y el Otro es aquel lugar
desde donde se mira. Lacan plantea que el obsesivo está desdoblado en dos
escenarios, está en la arena y, a la misma vez, está en el palco. Un escenario
que lo muestra en la arena y al mismo tiempo observando, un escenario en el que
se observa así mismo y donde se juega el lugar desde donde se mira y la
diferencia donde el sujeto se ve. Se ve allí, con el otro imaginario, con el
rival, con lo que Freud llama “yo ideal” y, al mismo tiempo, está en juego el
lugar que Lacan llama Ideal del Yo, desde donde se mira.
En el sujeto de la neurosis obsesiva hay dos maneras de
pensar al Otro: el Otro significante y el Otro del deseo. Esto sería la
distancia que se puede hallar entre el padre ideal y el padre de la realidad,
fortalecido por un deseo que siempre posee alguna falta. El obsesivo concuerda
con el Otro significante pero no con el del deseo, Esto se repite en su vida
amorosa ya que tiende a la anulación del deseo y por consiguiente suele buscar
un partenaire más ligado al significante.
Lacan trabaja el ejemplo del niño y
“su cajita”, donde ese “quiero la cajita” es un pedido que no puede ser
sustituido por otra cosa. Sería como una idea fija en donde no hay dialéctica
posible, una demanda que presenta un carácter de exigencia absoluta. El
obsesivo, pide algo con ese tipo de exigencia para asegurarse que eso que
quiere no sea lo que quiera el Otro porque si el Otro quiere lo mismo que él,
ya no sabe lo que quiere.
En los movimientos que realiza el
obsesivo hacia su deseo, encuentra siempre un obstáculo pues su problema se
sitúa en darle sostén a ese deseo ya que para él está condicionado por la
destrucción de Otro aunque lo que sucede es la desaparición de su propio deseo.
El deseo es el deseo del Otro, se
ordena en significantes que vienen del lugar del Otro, para el obsesivo, no hay
Otro a nivel del deseo por lo tanto, el deseo del obsesivo se desvanece y logra
apoyar su deseo en un objeto que es reductible al significante, el falo. El
soporte del falo se puede observar en el rol que juega la hazaña que se propone
superar, lugar desde donde cree que debe mostrar su deseo.
El deseo debe ubicarse y organizarse
en un espacio, en el intervalo entre el llamado a la satisfacción y la demanda
de amor. Se sitúa en un más acá y más allá en relación a la demanda. El deseo
excede a toda respuesta en términos de satisfacción, la respuesta estará dada
en el intervalo de los dos planos de la demanda: el plano del significado y el
plano del significante. Cuando se aborda al sujeto del deseo, el Otro, es el
relevo, el lugar donde surge la pregunta: Che vuoi? Es al Otro, como lugar de
la palabra, a quien va dirigida la pregunta, a quien se dirige la demanda, a
ese Otro que también desconoce su deseo, donde podrá encontrar las claves para
descifrar su propio deseo pero no la respuesta pues el Otro es un sujeto
barrado como él mismo.
Paula Putero
Psicoanalista

Muy esclarecedor el articulo. Interesante el recorrido sobre la neurosis obsesiva. Gracias Paula!
ResponderEliminarEntonces, como puede el obsesivo tener una relacion "sana" o "estable"??
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