miércoles, 23 de enero de 2013

El amor no viene hecho



El amor no viene hecho,  al amor hay que hacerlo” Julio Cortazar. 
Parece que buscar la felicidad, el amor, como algo inseparable a la idea de felicidad, no es una tarea fácil. Y al decir esto estoy diciéndoles que es una tarea, un trabajo.
El concepto de trabajo va ligado a la idea de transformación.
Para la religión judeo-cristiana el trabajo es un castigo que Dios impuso al hombre, “ganarás el pan con el sudor de tu frente”, como un castigo divino o como una tortura, y el correspondiente otorgado a la mujer, “parirás tus hijos con dolor”. Asi, producción y reproducción quedan asociadas a situaciones sudorosas y sufrientes.
Para el psicoanálisis, el trabajo no es cualquier acción que conlleve en sí un esfuerzo. Esforzarse por algo no es trabajar. El trabajo conlleva la idea de obtener por lo que se realiza un producto.
El psicoanálisis sorprende al humano dándole la posibilidad de tomar su decir, como un trabajo que obtendrá como producto, la posibilidad de transformar su destino, hacer otra historia.
Toda actividad del ser humano está atravesada por el lenguaje, por el habla, por una estética, y por una ética, no hay trabajo sin lenguaje.
El concepto de trabajo no es yo trabajo, es el lenguaje quien está implicado, ya que el habla va más allá del sujeto, y no hay sujeto más allá del lenguaje, es decir que cuando uno habla, hay un más allá de lo que sabe. Por eso decimos que en el hablar está el concepto de trabajo.
 El hombre del Paleolítico inferior, no se distinguía demasiado en su fisonomía de los simios. Su manera de desplazarse comenzaba a tener una diferencia con el animal, pero su marcha no era claramente erguida. Sin embargo, este hombre primitivo ya tenía un sentido temeroso y respetuoso por la muerte, por ej: daba sepultura a los cadáveres de sus semejantes.
Otros testimonios de la prehistoria muestran que el hombre del Paleolítico superior fue quien dejó diseñadas en las paredes de las cavernas las primeras imágenes humanas. Pero la distinción contundente respecto del animal en los albores de la humanidad, parece estar en relación al erotismo y a su saber sobre la muerte. Y podríamos decir que la obligación del trabajo fue otro de los hitos que generó una diferencia primordial, para alejarlo definitivamente de la ceguera de los instintos.
El placer para él aparece ahora ligado a otros significantes, placer en el trabajo, por ejemplo, se siente capaz de transformar el trabajo en juego.
También el niño realiza una actividad de investigación en lo que a su realidad sexual se refiere, resultando la motivación de todos sus juegos como un verdadero trabajo.
 Intentemos hablar de los comienzos de la vida: todo humano nace en una paradoja crucial: nace al borde de la muerte, necesita de un otro que desee por él, su vida. Alguien que por amor lo salve de su precariedad, de su nacer en pleno riesgo de morir.
Así, la relación de amor que el bebe entabla con la madre es de tal magnitud, que ella es todo para él, o bien, ella es él, al punto que no distingue su cuerpo del cuerpo de ella. Esta relación  constituye lo que se le llama “célula narcisistica”, él necesita todo de la madre y para él, su madre lo puede todo.
Este fantasma de unidad, sólo se parte con la aparición del tercero, y es una verdadera partición, porque el niño ya no se relaciona con una sola persona, ahora comienza precariamente a relacionarse con dos, es decir, se le abre el mundo.
Es en ese momento cuando se ve obligado a precipitar inconsciente la relación de amor -odio hacia sus padres. Por esto, olvidará esos primeros momentos de amor y deseo, odio y deseo de matar, convirtiéndolos en ternura, competencia, rivalidad, etc. pero el deseo sexual por sus padres permanece inconsciente.
De esta manera, podemos decir que las zonas erógenas serían el testimonio de haber estado en contacto alguna vez, con el objeto de la necesidad. Aquella primera satisfacción de un hambre mortal, exigencia biológica para no morir que se apoyó sobre la boca, dejan ahora a esos labios aptos para besar, hambrientos de otra boca que los toque.
Esa sensualidad de la boca nace apoyada en una dependencia que resultó vital. Tanto como decir que las palabras moduladas por esa boca, pueden ser objetos eróticos privilegiados.
Para el Psicoanálisis, toda historia de amor es la cauterización de una herida sangrante y profunda, por la mutilación que ha sufrido el hombre por la perdida del amor inicial. De allí la importancia del objeto de amor, porque todo amor plantea la posibilidad de su pérdida y la angustia que la acompaña... en el origen del amor hay un duelo...  Por haber sido amado se lo resguardó de la muerte entregándole ese preciado objeto: la palabra.
El amor, a diferencia del deseo, es oblativo por excelencia, siempre es vivido como virtud, ya que nos ha rescatado de esa amenaza con la que nacimos, quedando como un triunfo ante la muerte. Freud dice que lo que debe hacer un psicoanalista no es promover objetos de amor, sino dejar expresar los objetos de deseo. Porque los objetos del amor pueden aplastar los objetos del deseo y es justamente por eso que el sujeto está enfermo. .“El psicoanálisis es una cura a través del amor”, dirá para ampliar la noción de triunfo, ya que se tratará de pasar del amor al deseo.
El amor en realidad, no es traumático ya que neutraliza a la pulsión de muerte siendo la sexualidad uno de los instrumentos para ello. El amor viene a suplir lo imposible que se encuentra en el lugar de la causa de amor, lo que es traumático es la sexualidad... lo imposible del encuentro con el objeto. Estas dos tendencias tienen un destino trágico, ya que esos dos objetos no se concilian. Como si en su esencia, amor y deseo no pudiesen coincidir.
Por lo general, la temática sexual de los mitos ronda alrededor de un conflicto vinculado con la iniciación sexual, el logro del amor de parte de una mujer noble o codiciada; comúnmente el héroe después de tener que pasar por pruebas de su valentía, atravesar infinidad de peripecias, luchas, heridas lacerantes, consigue desembocar en una fase gozosa, dionisíaca: consigue el amor pretendido, a la vez que el reconocimiento de una nueva posición.
La ternura encuentra su apoyatura en la piedad, al reconocer que el sujeto está afectado por el otro, y por el dolor de lo que el otro no es. Por eso podemos decir que el amor tiene que ver con tolerar la diferencia de un encuentro siempre fallido.
Erotismo, amor, mortalidad, trabajo... y una articulación que de no producirse, altera toda la sexualidad, toda la vida.
 El concepto de deseo viene ligado a la historia, tanto del psicoanálisis, como a la historia de sus deseos que el sujeto emprende al comenzar su psicoanálisis.
Así, articula el deseo con el lenguaje, descubriendo su regla de interpretación: la asociación libre, que da acceso a ese saber inconsciente a través del cual se puede leer el deseo de un sujeto.
El deseo que desde la infancia no deja de insistir y determina, sin que él lo sepa, el destino del sujeto, es producido por la interpretación.
¿De qué naturaleza es ese deseo?
El sueño «de la bella carnicera» es un sueño en el que aparece el salmón, plato predilecto de su amiga, la bella dice que le dice al marido, quien siempre quiere complacerla, que no le compre caviar, es decir que no satisfaga su deseo de caviar, después de habérselo pedido.
Freud interpreta estas palabras como deseo de tener un deseo insatisfecho. Escucha el significante «caviar» como metáfora del deseo.
El humano, por la precariedad biológica con la que nace, nace al borde de la muerte, lo marca para toda la vida. Hablaremos de la existencia mítica de una primera experiencia de satisfacción, que deja un rastro en el sujeto que lo pone en la búsqueda permanente de lo que nunca va a poder hallar. Porque aquel perfume, aquel aroma de la primera vez, ya no se encuentra jamás, ya pasó un instante de tiempo y eso modifica en poco o en mucho a la próxima experiencia, mostrando la imposibilidad de lo igual, y la aceptación de la diferencia.
El deseo es quien inicia la búsqueda interminable de ese oscuro objeto perdido.
Freud dice que un hombre muere, cuando su deseo se extingue, dice, el hombre muere cuando su sujeto psíquico ha dejado de desear.

Marcela Villavella
Psicoanalista



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