Diferentes enfoques intentan enlazar las enfermedades orgánicas, particularmente aquellas que generan alguna discapacidad, a la melancolía. La historia de la medicina nos muestra que la noción de imagen del cuerpo es la de un cuerpo real, que busca sus fundamentos en la neurología, en lo que se ve, se tocan o revelan los exámenes complementarios, es decir, tratará de un cuerpo solamente imaginario.
Reconocer la influencia de los factores emocionales en el proceso de enfermarse, lo que da origen a los caminos de la psicosomática, sigue siendo un conflicto para muchos profesionales del arte de curar. De este modo, lo somatopsíquico introduce el concepto de que el factor corporal de ciertas enfermedades es capaz de modificar el estado psíquico del sujeto.
La concepción biologista atribuye a varias entidades clínicas un síndrome depresivo, o más genéricamente de acuerdo al DSMIII, un desorden distímico, como manera de debut, a veces precediendo por meses o años al resto de los síntomas. Entre estas entidades se citan algunas enfermedades neurológicas como el Parkinson, los accidentes cerebrovasculares y los síndromes demenciales; el hipotiroidismo; los déficits nutricionales como el de Cianocobalamina o vitamina B12; el infarto de miocardio y otras cardiopatías; distintas neoplasias, entre ellas el cáncer de páncreas, el envejecimiento normal y prematuro, por citar algunas.
La condición depresiva se vincularía al daño de estructuras corticales con modificación de los parámetros neuroquímicos.
El cuadro depresivo asociado a organicidad se distingue de otros tipos de melancolía por el predominio de síntomas corporales, como letargo, pérdida de peso y trastornos significativos del sueño, sobre una base de tristeza que responde a un elemento esencial: la pérdida de objeto, en este caso, de una abstracción equivalente a un objeto amado, la salud.
La melancolía, en estos casos, parece tener una relación estrecha al tipo narcisista de elección de objeto, donde se planteará una discordancia entre la representación del sí mismo (esquema corporal) y el yo ideal, generándose profundo displacer.
El sujeto que padece una enfermedad discapacitante, en algún sentido, se rehúsa a aceptar su nuevo status, se aferra desesperadamente a lo imaginario que le devuelve aquel que fue antes de enfermar, y al no poder dar por perdido lo perdido, al no poder discriminarse del objeto perdido, se empobrece a sí mismo, se melancoliza.
En su trabajo Introducción al Narcisismo de 1914, dirá Freud que el sujeto toma como objeto sexual su propio cuerpo: lo acaricia, lo contempla, lo besa hasta llegar a la satisfacción completa.
Desde ese punto, constituye una perversión; pero también es el complemento libidinoso de la pulsión de conservación.
La elección de objeto de acuerdo al tipo narcisista dirá que se ama lo que uno fue, lo que uno es, o lo que uno quisiera ser. Así, la herida narcisista provocada por la enfermedad orgánica, modifica al yo y aumenta la brecha existente entre esa instancia y el yo ideal.
Inicialmente, habría una carga primitiva de libido en el yo, que cuando sobrepasa ciertos niveles críticos, se ve forzada a franquear las fronteras del narcisismo, e investir objetos exteriores. Estas cargas objetales van a alcanzar su máximo desarrollo en el amor.
Comenzamos a amar para no enfermar y a la vez, enfermamos en cuanto dejamos o no logramos amar.
La enfermedad orgánica ejerce una influencia profunda sobre la distribución de la libido. El sujeto aquejado por un dolor o malestar físico, cesa de interesarse por el mundo exterior en cuanto no se relacione a su dolencia; retira de sus objetos eróticos el interés libidinoso, por lo que mientras sufre, deja de amar.
Refiriéndose al poeta con dolor de muelas, recordemos a Wilhelm Busch, que dijo << Concentrándose estaba su alma en el estrecho hoyo de su molar>>. En la enfermedad orgánica, libido e interés del yo vuelven a hacerse indiferenciables, como en los primeros estadíos y tienen un objetivo común: la recuperación de la salud.
Así como en la enfermedad, el sueño también representa una retracción de la libido hacia el yo sobre el deseo único y exclusivo de dormir. En la hipocondría el paciente concentra su libido sobre el órgano que le preocupa y manifiesta sensaciones somáticas displacenteras. La diferencia estriba en el hecho de que en la enfermedad orgánica las afecciones son comprobables, y en la hipocondría no.
El órgano enfermo, o el órgano presumido de enfermo, tiene una erogeneidad magnificada respecto de otras partes del cuerpo, por lo que se altera la distribución libidinal en el sentido de un retorno narcisista.
Cuando esto ocurre en alguien que ha seguido el camino de la elección de objeto de tipo narcisista, el yo no aceptará fácilmente el pedido que le hace la realidad.
<<Desde que me sucedió esto – lo impronunciable, la pérdida de mi brazo y pierna izquierdos – el mundo entero se me vino abajo>>.
Una diabetes, un riñón o hígado insuficientes, la amputación de un miembro, una ceguera, modificarán su vida para siempre. El mundo se derrumba y todo pierde altura y valor vivido desde esa posición nueva, incongruente con el imaginario del paciente, desde ese cuerpo nuevo, repudiado por la falta, y a la vez capturado por la falta como si todo el yo fuese esa falta.
El objeto perdido, no se da por perdido y por lo tanto no podrá ser reencontrado bajo otras formas, otros caminos, otros objetos del amor.
Inés Barrio
Psicoanalista
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"El sujeto que padece una enfermedad discapacitante, en algún sentido, se rehúsa a aceptar su nuevo status...". La verdad que desencadena esta frase del texto, alude a los casos analizados en el artículo y, en general y en algo, a todos los casos. Esa libido que no puedo retirar de lo que fui, me impide encontrar soluciones para lo que me pasa, puesto que aunque lo niegue, me pasa. Sea discapacidad orgánica o no, seguir contando con los recursos que ya no están por ejemplo impide sí o sí, abrirle paso a otros. Cada época produce su propia subjetividad y a la vez, algo de ese modo libidinal pegajoso con lo que se fue, triunfa y se instala en lo nuevo. Interesante el artículo Inés, gracias por compartirlo en el blog
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