“La retórica, o el arte del orador, era una ciencia y no sólo un arte. Nos preguntamos ahora, como ante un enigma, por qué esos ejercicios cautivaron durante tanto tiempo a grupos enteros de hombres. Si es una anomalía, es análoga a la de la existencia de los psicoanalistas, y quizá la misma anomalía está en juego en las relaciones del hombre con el lenguaje, y reaparece en el curso de la historia de modo recurrente bajo diversas incidencias, y se presenta ahora en el descubrimiento freudiano, bajo el ángulo científico. Freud se encontró con ella en su práctica médica, cuando tropezó con ese campo donde se ve a los mecanismos del lenguaje dominar y organizar sin que lo sepa el sujeto, fuera de su yo conciente, la construcción de ciertos trastornos neuróticos.”
Jacques Lacan
Vamos a abordar este tema desde diferentes referencias de Lacan a lo largo de su obra, de los Escritos y de los Seminarios, partiendo del que se conoce como Seminario 0, su célebre conferencia sobre “El mito individual del neurótico” pronunciada en 1952, donde según él mismo, aplica todo lo aprendido sobre mitos de su amigo Claude Levy-Strauss, y lo aplica a la experiencia analítica a partir del análisis del Hombre de las Ratas comparativamente a un fragmento de la autobiografía del poeta Goethe, “Poesía y verdad”, y lleva a cabo una revisión estructural del complejo de Edipo, al que lee como se lee un mito.
La estructura simbólica domina lo social, las relaciones de parentesco, la ideología, pero también para cada uno, su relación con el mundo, sus relaciones sociales, su complejo familiar.
Los mitos, y los ritos que ellos fundan, son necesarios para velar las contradicciones de la realidad.
Cuando no se puede remontar en el tiempo para ver algo comenzar, se recurre al mito. Thomas Mann escribió: “El mito es el ropaje del misterio”.
El mito como relato, como “epos”, que es una voz griega que da cuenta de un relato histórico y de una creación poética de carácter heroico.
Es un relato siempre atemporal, que como Lacan puntualiza en el seminario 4 “La relación de objeto”, ya sea folklórico o religioso, nos remite a las teorías infantiles. Si bien el mito es una ficción, presenta una estabilidad, una constancia que está dada por los lugares que definen su estructura, y esta ficción contiene un mensaje formalmente indicado, un mensaje que es la verdad.
Por eso Lacan sostiene que la verdad tiene estructura de ficción.
Esa verdad que portan los mitos, debemos considerarla en relación con el hombre, y del hombre, con la vida y la muerte, especialmente con los orígenes, con el nacimiento, con la aparición de lo que todavía no existe.
Dice Lacan: “Se trata de temas vinculados con el propio sujeto y con los horizontes que le proporciona su experiencia, y por otra parte, con el hecho de su sujeción al sexo, su sexo natural, a esto se consagra la actividad mítica del niño.”
Encuentra una relación de contigüidad entre los mitos y la creación mítica infantil, poniendo el acento en la estructura, más allá de los contenidos, dado que vuelven a reproducirse y a aplicarse de nuevo, sobre todo tipo de datos, con una eficacia que es característicamente ambigua.
Realizando una prueba de comparación entre diversos mitos, mediante la descomposición en sus unidades mínimas (mitemas), encuentra que hay relación aún entre los mitos más distantes.
Lo que se aísla, es algo que en sí no significa nada, pero que es portador de algo no significado, es decir, de todas las significaciones, esto es lo abordable por la vía del mito, y es lo que tiene relación con los fantasmas neuróticos.
En el seminario 8 “La transferencia”, se interroga Lacan: “¿Qué viene a buscar el analizante?” Viene a buscar el destino, pues el hombre olvida su origen.
En este caso, está tomando el mito como lo propone Levy Strauss, como la historia en su conjunto, la forma en que se cuenta la historia.
Las transformaciones en los mitos operan bajo ciertas reglas, creando configuraciones superiores, y esto les otorga su carácter revelador.
La función del analista es la elucidación de los mitos, ya que no es posible el abordaje analítico del sujeto sin considerar la función de los mitos.
Se presenta bajo la forma de un enunciado y conviene tratarlo como un contenido manifiesto, pero siempre tomándolo como una referencia imprescindible en el marco de un análisis, emparentado con la verdad del sujeto.
Una verdad que tiene forma de ficción es aquella que permite pasar de un real a un simbólico.
Este pasaje puede considerarse un pasaje a la cultura, y Lacan sostiene que el mito del asesinato del padre como origen de la cultura es el único del que nuestra modernidad ha sido capaz.
Tenemos a Nietzsche proponiendo la muerte de Dios (“El Anticristo”, 1888), casi al tiempo que Freud escribe “Tótem y Tabú” (1912).
Un padre que goza de todas las mujeres y expulsa a sus hijos, una asimilación del padre con un amo absoluto, que conduce a la idea del asesinato, cumpliendo de este modo su función.
El sentimiento de culpa de los hijos determina que el padre muerto adquiera un poder mucho mayor al que había poseído en vida.
La prohibición del incesto y el amor al padre se instituyen como fundamentos de la ley y la religión.
La verdad que encubre el mito, es que el amo, el padre, está castrado desde el origen.
Levy Strauss sostiene que el asesinato del padre de la horda nunca ocurrió, y sin embargo aparece cotidianamente en el proceso de constitución subjetiva. Los mitos tienen un sentido lógico, no cronológico.
Son como los axiomas en matemáticas: algo que oficia de fundamento inexplicado-inexplicable, que abre la serie de lo que puede comprenderse.
Con respecto al mito del Edipo, Lacan muestra que el asesinato del padre es la condición del goce.
El desafío de Edipo a la Esfinge lo conduce a arrancarse sus propios ojos, encarnando él mismo la castración.
Aquello que pareció un triunfo, la asunción al trono y su matrimonio con Yocasta, acaba siendo su condena: el trágico final se debe a su insistencia sin límites para conocer la verdad, para saber la verdad a cualquier precio.
El mito expresa de manera imaginaria y a través del argumento fantasmático, las relaciones del sujeto en una determinada época. De modo que si lo pensamos como una manifestación social latente, podemos encontrarlo en la vivencia misma del neurótico.
El relato mítico como producción literaria tiene que ver con lo que Freud llamaba “La novela familiar del neurótico”, versión corregida y magnificada, plena de lagunas y falsas consistencias, que cada persona, particularmente los neuróticos, realiza sobre su vida.
En esta historia, en general, se ubica en el lugar de la víctima, del mártir exculpado de todo lo acontecido.
En “El mito individual del neurótico”, Lacan señala que el neurótico construye su propio mito, con el que representa sus relaciones fundamentales. Para ilustrarlo, trabaja el relato del caso magistral de Freud “El hombre de las ratas”, como paradigma de la neurosis obsesiva, que dejaremos para una clase especial sobre Lacan y la neurosis obsesiva, y tomaremos el pasaje autobiográfico de Goethe.
Se trata de un episodio de la juventud de Goethe, una pasión destinada a una joven llamada Federica Brion, hija de un pastor en una aldea cercana a Estrasburgo, que constituyó luego una larga nostalgia para el poeta, durante toda la vida.
Lo enigmático de este pasaje de la vida de Goethe, que ninguno de sus biógrafos o fanáticos estudiosos ha podido dilucidar, es que abandona a Federica. Más allá de todas sus bondades, de la ruptura del maleficio que había caído sobre él en cuanto a su futuro con las mujeres, de su pasión por ella, la deja.
Para Lacan, es la manifestación más inequívoca de la neurosis: la huida, el ocultamiento ante el objeto, la renuncia al fin deseado, la imposibilidad de alcanzar la meta.
Es en esta conferencia de 1952 que Lacan alude por primera vez al concepto del Nombre del Padre, en relación a la revisión del complejo de Edipo, en el que describe un sistema cuaternario en lugar del clásico esquema triangular.
Donde vemos que al triángulo edípico Madre- Niño- Padre, le adosa el triángulo imaginario, con el falo simbólico en el vértice, cuestión que si doblamos por la diagonal, el falo simbólico coincide con la función paterna. Podemos decir entonces que ambos términos tienen una relación metafórica: son y no son lo mismo.
Destaca como primer elemento entonces, la función simbólica encarnada en la función del padre. Pero en una estructura social como la nuestra, en la familia moderna, el padre siempre tiene un elemento discordante: un padre carente, un padre humillado a lo Claudel.
En esta desviación reside el hecho de que el complejo de Edipo más que normativizante suela tener un valor patógeno.
Aquí destaca el segundo elemento, que va a dar cuenta de la estructura cuaternaria del complejo, que es la relación narcisista, fundamental en todo el desarrollo imaginario del sujeto, y que constituye la primera experiencia que lo vincula a la muerte.
El sujeto inconstituido se ve primero fuera de sí, en otro más terminado, más perfecto, completo, mientras él se percibe desarticulado e insuficiente.
Siempre tendrá, con respecto a sí mismo, una relación anticipada con respecto a su propia realización, que lo excluye de sí mismo, que le genera una extrañeza como si yo fuese otro en su interior, un desgarramiento original, a través de lo cual su vida se integra a una dialéctica dual.
Y por otra parte, lo que se manifiesta en las relaciones imaginarias como la experiencia de una muerte original, constitutiva de la condición humana, pero que se manifiesta especialmente en las conductas, las vivencias, las fantasías del neurótico.
Es muy patente en la historia de los neuróticos que el personaje del padre, por algún episodio de la vida real, sea un personaje desdoblado: o porque murió tempranamente, o porque un padrastro lo reemplazó, o por algún amigo fraterno que cobra un valor inusitado en la historia, de rivalidad agresiva, queda de alguna manera conformado el esquema cuaternario.
Pero Lacan va a decir que verdaderamente el cuarto elemento es la muerte, muy influido por Hegel en esos años, cuya obra está marcada por la función de la muerte.
La muerte no como oposición a la vida, sino concibiendo lo vivo como mortal, lo vivo como lo no-muerto.
La muerte, más allá de la existencia de otro hostil, de la lucha a muerte por el pura prestigio, sino mortal como Otro para mi mismo, la muerte imaginaria.
Termina este Seminario Cero, diciendo que no en vano eligió a Goethe para trabajar estas cuestiones, ya que el mismo Freud confesó que fue la lectura de los poemas de Goethe lo que lo lanzó, lo que lo decidió a estudiar medicina y , al mismo tiempo, decidió su destino.
Y finalmente, Lacan toma una frase pronunciada por Goethe “con los ojos abiertos, justo antes de sumergirse en el negro abismo”, que constituye la clave y el resorte de nuestra experiencia y nuestra búsqueda analíticas:
“Licht, Mehr Licht…”, que se traduce como “Luz…más Luz…”.
Inés Barrio
Psicoanalista

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