Edipo ha tenido cuatro hijos con Yocasta, dos varones
y dos mujeres.
Recordarán que Edipo, en el destierro pide ser acompañado
por sus hijas. Antes de morir entrega la última mirada hacia una de sus hijas,
señalando el destino de la protagonista de la siguiente tragedia de Sófocles:
Antígona.
Antígona e Ismene, acompañan a su padre Edipo en el destierro hasta su
muerte, en Edipo en Colono.
“Niñas,
en este día os quedáis sin vuestro padre para siempre... ya todo lo que es mío
se ha acabado, y no arrastrareis ya más la triste vida que por mí lleváis...
hijas mías, todas las pesadumbres las hace ligeras una palabra: el amor.”
Les pide que lo dejen a solas, y desaparece...
Legando sobre sus hijas, la condena de una tumba inhallable, el secreto de la
muerte del padre. Edipo lleva en sí, desde el comienzo de sus días y hasta su
propio final, el signo del enigma.
“El modo en que aquel hombre
desapareció... no hay mortal que lo pueda contar...(...) algún emisario de los
dioses se lo llevó, o la Tierra, entreabriéndose le abrazó dulcemente en sus
senos abismales. Se fue aquel hombre, y no hubo allí ni gemido, ni enfermedad,
ni dolor: misterio grande, si los ha habido entre mortales.”
Antígona no parece haberse despedido lo suficiente,
promete que ni en la tumba le faltará su amor...Y a medida que va caminando con
Ismene, alejándose del lugar donde su padre desapareció, le pide volver a ese
lugar...
Ismene: Eso no se nos
permite Antígona, no ves cómo...
Antígona: Pero qué miedos
son esos?
Ismene: Y además qué no
hay tumba donde murió y nadie estaba allí
Antígona: Llévame y una
vez allá, mátame...
Pero, no es esa muerte la que encuentra, sino la vivencia de amenazas
de males mayores para la nueva vida. ¿Dónde me llevará a partir de ahora el
destino?. Insiste en ver el sepulcro del padre, pero Teseo les dice que eso
les está vedado; así ha sido el propio deseo de Edipo. Antígona acepta la palabra
del padre y renuncia.... pero a qué renuncia?
El padre les ha dicho: No me olviden y desaparece. Otra paradoja
marcando a fuego y dejando a la descendencia en carne viva. La desaparición sin
inscripción de muerte, sin tumba, piedra portando un nombre que permita la
instauración simbólica del muerto.
Etéocles y Polinice, los dos hijos de Edipo, han
muerto uno a manos del otro, en la guerra que ya se anunciaba en Edipo en
Colono, y bajo el signo de la furia del padre, que condena a sus hijas, al
ocultarle el lugar de su tumba, y maldice a sus hijos a una cruel barbarie:
“... que mueras a manos de tu hermano y
mates al mismo que te ha desterrado...”
Creonte, su tío, hermano de Yocasta, se ha convertido
en Rey, y manda enterrar a Etéocles con todos los honores y ha decretado la
prohibición de enterrar el cadáver de Polínice, quien después de muerto es
condenado a ser devorado por los pájaros y las alimañas a la vista de todos.
Desde el punto de vista del Bien kantiano, no es igual honrar a un
fiel combatiente que a un traidor... sin embargo, para Antígona las cosas no
son así, a ella no le interesa ningún bien. Fiel a los dictámenes de su corazón
decide darle sepultura...
“Es mi hermano, nadie dirá de mí que
le he faltado...Creonte no es nadie para ponerse entre mi y los míos...”
Ha pedido a su hermana a que la acompañase a enterrarlo, pero Ismene
se rehúsa. Será sola que deba realizar el ritual mortuorio... acto mismo que
prepara su propia condena y la llevará a la muerte... Durante
la noche, se ha acercado al cadáver insepulto, y al verse incapaz de
enterrarlo, lo ha hecho simbólicamente espolvoreándolo y honrándolo con los
ritos de la sepultura.
Vamos a acercarnos a la Antígona que Lacan concibe.
En el Seminario 7 “La Ética del Psicoanálisis”, nos presenta al personaje de Antígona para mostrar la dirección de
la ética y la dimensión trágica de la experiencia analítica, ya que la ética
del psicoanálisis es una ética del sujeto del deseo. Somos seres del lenguaje,
estamos articulados por el lenguaje, aunque de eso nada sepamos En ambas
cuestiones, el lugar central está ocupado por el deseo, y el deseo, es ese
rodeo necesario de la vida, que nos habla el epígrafe de Platón... No te
sorprendas del largo del camino, si grande es el rodeo, pues es un rodeo necesario"
Lacan reconoce que
la belleza de Antígona, la luminosidad de su figura en que tanto se insiste, no
tiene que ver con el brillo fálico ni con la claridad del deseo, sino con las
llamas del mártir hacia el sacrificio. Antígona fascina porque vela lo que está
más allá de ella misma, el punto de mira del deseo
Edipo, Antígona,
Hamlet son obras que tratan de dramas
familiares particularismos, en tanto, por un lado se trata de conflictos
familiares dentro del marco de un Familia del estado, y por otro, la desnudez
de los conflictos más primitivos del sujeto. La familia se va construyendo como
una trama compleja de significantes, de identificaciones, de valores, bienes,
ideales, formas de satisfacción pulsional, y formas de renuncia que van
organizando el malentendido de los goces particulares.
En Edipo y Antígona, además los personajes son los mismos. Son padre e
hija, y Creonte es cuñado-tío de Edipo, por ser hermano de Yocasta. Y la propia
estructura incestuosa hace que los lugares se confundan.
Antígona, es la novia de Hemón el hijo de Creonte, Rey vuelto tirano.
Algo ocurre que da lugar a la tragedia. El Coro , es quien permite la catarsis
de las pasiones que se han puesto en juego en ese drama, mostrando las
tensiones que aparecen frente al malentendido entre lo singular y lo
colectivo.
Antígona y Creonte se encuentran en una disputa particular, tensando
la estructura trágica: enterrar o no enterrar al muerto. Antígona está
absolutamente dispuesta a resolver la fatídica herencia del padre, Edipo. En esa pasión que la lleva a la muerte, están
jugando esos universales aristotélicos: El bien, lo verdadero, lo bello. Pero
ella va más allá.
Las concepciones tradicionales sobre la tragedia, incluyen al temor y
a la piedad como atributos esenciales; sin embargo, el Psicoanálisis, insiste en que lo trágico es la dimensión
de lo humano enlazada al deseo. Ni Creonte y ni Antígona, parecen conocer el
miedo ni compasión. Ella es la heroína de la pieza, la que lleva su posición
inmutable hasta el final. Al final de la obra, Creonte temerá, y eso es el
signo de su caída, su temblor frente a las palabras de Tiresias, que le dice
que se encuentra al borde del abismo. No puede ya sustentar su posición, y eso
resulta ser la señal de su pérdida.
De un lado, Antígona y su propósito de enterrar al hermano, como la
guardiana del orden significante. Pero del otro lado, y secundario pero de
condición necesaria para la tragedia: Creonte, que ilustra la estructura de la
ética, quiere el bien. Ha tomado el lugar del reino que dejó Edipo, y en su
función de padre-jefe de una comunidad, y su propósito es el bien de todos. Sin
embargo, se abisma; Lacan hablará de un desvío en la dirección ética, un error
de juicio; y, este error pone en marcha al resorte trágico.
Creonte quiere hacer de ese bien la ley sin limites, la ley
soberana. Y bajo esa ley soberana, lanza
un mandato:
“...que se considere a Polinice
traidor, un enemigo de la patria y como castigo que no se le dé sepultura.”
La segunda muerte, está contenida en este castigo después muerto... ¿A
quién se castiga?. Y un muerto sin sepultura... qué es?
Lacan en el Seminario 7, nos dice que Antígona sostiene que "no
se puede terminar con sus restos, (de su hermano), olvidando que el registro
del ser de aquel que pudo ser ubicado mediante un nombre debe ser preservado
por el acto de los funerales"
Ceremonias de sepultamiento con honra o sin honra,
actos significantes en definitiva, que no pueden faltar, no puede haber lo
insepulto. No hay ningún crimen que justifique la no inscripción de un sujeto
que ha existido en un orden significante. Luego de esa inscripción hasta puede
ser olvidado, pero tuvo que estar encadenado a los significantes, a la cadena
de lo humano.
Para el sujeto siempre está la alteridad en juego. En
toda la cadena, hay un significante que representa a un sujeto para otro
significante, eso es lo humano. Los ritos mortuorios pertenecen al mundo de lo
humano y por eso son actos de lenguaje. Quitarle la sepultura al muerto, es
quitarle su dignidad, pero también ese cadáver insepulto, a la vista de todos,
ya no es un muerto más. Es una demanda implacable de que alguien realice por
él, lo que cualquier humano debe realizar por otro: enterrarlo, nombrarlo
nuevamente.
Esa reivindicación asumida por Antígona de enterrar al hermano, es del
orden significante, ya que al enterrarlo, Polinices ha existido... en ese juego
que hace Lacan sobre las dos muertes, para decir que en ese espacio entre dos
muertes, están las tragedias. En la disolución del complejo de Edipo, Freud
habla de sepultamiento, pero en las distintas traducciones, ese “sepultamiento”
arrastra una cadena asociativa significativa y paradojal: declinación,
destrucción, hundirse, disolución, (palabra también ligada a la muerte de
Edipo, “se volatiliza, se disuelve en el aire”), hasta desaparición, que en
todo caso lleva a su contrario, a la falta de inhumación, a lo inhumano.
Creonte quiere castigar al traidor después de muerto, y esa es, en
principio, su convicción. Que lo que debe considerarse muerto, siga pagando, él
y quienes se identifiquen con él, por el lugar del que traiciona.
Antígona es la heredera de los pecados del padre, porque si bien Edipo
ha pagado por el crimen incestuoso, deja pendiendo sobre las cabezas de sus
hijos, una maldición y una condena... Antígona desde ese lugar, es quien va a
realizar el acto significante productor del sujeto, acto de sepultar, ya que de
no ser sepultado, se eterniza la memoria del crimen, quitando la posibilidad de
la resolución de un duelo y su función del olvido.
Sin temor ni piedad... y esto a donde conduce? Así como Edipo se
destierra voluntariamente, Antígona es una víctima voluntaria. Es la imagen de
la pasión, pero en la línea del sacrificio... por otra parte es la imagen de lo
irrenunciable, el ir a fondo, el ir al más allá, sin temor ni compasión, como
esencia de la
pasión. Ese ir más
allá de los límites humanos, se sitúa en esa falta de temor a la amenaza de
morir por incumplir el decreto del Rey, y por otra parte, su pasión la lleva a
no tener piedad de si misma. Hará lo que haya que hacer. Sin detención, sin
cuestionamiento: hay que enterrarlo, significarlo, olvidarlo.
Marcela
Villavella
Psicoanalista

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