martes, 19 de marzo de 2013

Antígona: en nombre del padre - última parte -


El amor es siempre perturbador, y los amores familiares conllevan la marca del malentendido de los sexos por basarse en la imposibilidad. El deseo incestuoso está envuelto en una estructura familiar, en caso de consumarse, los lugares se confunden, o se equivalen, ya no se sabe quien es quien. Asimismo, respetar esos lugares hacen a la vida simbólica de la humanidad. Esa reglamentación familiar, por decirlo de algún modo, hace a lo propio del sujeto; es allí también donde Antígona se sitúa: hay que hacer, lo que hay que hacer, el acto de sepultar al hermano, humano, ley imperativa. Esa es su posición frente al lenguaje, esa es su posición ante la ley.... Estoy hecha para el amor... son sus palabras.
En el drama de Antígona, aparece crudamente el lugar donde se accede a ese momento irremplazable que designa el límite que la vida humana. Ella quiere ir hasta ese límite, allí la conduce la aventura de su pasión, ella quiere ir a cumplir con lo que su deseo le indica, ella no oculta nada: Ella no puede más. Si no lo hace su vida no vale la pena ser vida. Ella vive en la  memoria del drama intolerable de aquel de quien ha surgido, esa cepa que acaba de nadificarse bajo la figura de sus dos hermanos, dirá Lacan. Renuncia a todo por su deseo, ya que el deseo que la conduce, es lo irrenunciable, ni por bondad, ni por solidaridad con el hermano muerto, ni por oponerse a Creonte. Vive en el palacio después de la muerte de su padre, junto con su hermana, con todas las comodidades, es alimentada, y está comprometida con su hijo. Pero está sometida a la ley de Creonte, pero sus palabras no son una obstáculo para ella, eso no la detiene, ya que no puede soportar, depender de aquel que odia.
Al momento de pedir ayuda a su hermana Ismene, ésta se rehúsa, tiene miedo, es en ese momento que se establece un diálogo de gran crudeza, donde define absolutamente su posición.
Ismene: “Reflexiona Hermana, cómo acabó nuestro padre, aborrecido y sin honra... se arrancó ambos ojos con sus propias manos... su mujer, nuestra madre, acabó con su vida, y ahora los dos hermanos, en un solo día se han dado los miserables común muerte con mano fratricida... y ahora a nosotras dos solitas como hemos quedado... qué muerte atroz nos espera, si a despecho de la ley, desafiamos los edictos y el poder del tirano?.. que los muertos me lo dispensen... acataré la autoridad constituida... entrometerse demasiado es falta de juicio"
Antígona: “... Yo ya no insisto más, pues aunque tú quisieras, soy yo quien no quiere más de ti.”
En ese instante nace la enemistad con su hermana. Ha hecho suya una decisión, aunque por su pasión, podríamos decir, una decisión se ha apoderado de ella, y debe cumplirla a riesgo de su muerte. La decisión la conduce. Antígona y su momento esencial de una elección absoluta. Elección que no motiva ningún bien. La muerte está ya en los dos lugares. La idea de sacrificio se instala en ella como una solución enigmática, a la cuestión del nombre del padre. Edipo que mata a su padre sin saber que era su padre. Otro enigma en cuestión. Cuál es el padre de Antígona, que la lleva a cumplir de manera absoluta con un designio familiar?
Después de haber escrito Edipo, el héroe trágico del malentendido, Sófocles precisó en esta historia algo más, una Antígona, la heredera del pecado, la guardiana del orden significante.
Después, cuando su hermana vuelve arrepentida para compartir su suerte, pero sin haber incumplido con el mandato, Antígona se ha vuelto cruel y sólo la rechaza, ya nada la detiene, su desprecio ha superado los limites: "Permanece con Creonte a quien tanto amas...”. Sin embargo, algo muestra en ella, un enigma, entre lo humano y lo inhumano. El Coro está allí acompañando cada momento de la tragedia, y va a decir de este instante que Antígona ha salido de los límites humanos, ömós, es la palabra que le grita... ella está en el lugar mas humano, y al mismo tiempo en un punto no civilizado, como dice Lacan, semejante a comer carne cruda. Este es el punto de vista del Coro: ella está tan ömós, no civilizada como su padre. 
¿Qué quiere decir esta salida de los limites humanos en Antígona?.
Su deseo apunta a ese más allá de ese límite. El sujeto se sitúa en ese lugar particular de borde, donde la dramática más extrema se juega en la aproximación o no, a ese límite. Cuando uno se aproxima allí, en esta historia algo ligado a la desdicha de esa familia, cuando uno ha comenzado a aproximarse a ella, las cosas se precipitan en cascada. Y es en ese borde, donde lo trágico se desarrolla.
Toda la estructura familiar, está marcada por la desdicha, la muerte de uno, ha llevando implacablemente a otras muertes en cadena. El resentimiento y la fatalidad, son el telón de fondo de toda la descendencia. 
Ella realiza un gesto de sepultamiento, cubriendo a la manera de un ritual, el cuerpo de su hermano muerto con una fina capa de polvo, de la vista de los otros.
“No se puede dejar exponer a la faz del mundo esta podredumbre de la cual los perros y los pájaros vendrán a arrancar jirones para llevarlos sobre los altares, al corazón de las ciudades donde diseminarán a la vez el horror y la epidemia.” Tiresias a Creonte.
Antígona ha hecho este gesto una vez. Lo que ocurre más allá de un cierto limite no debe ser visto. Un mensajero ve el cuerpo cubierto de polvo, y lleva la noticia de lo ocurrido, y pero no se sabe quien lo ha hecho.
“¿Quien es el hombre que se ha atrevido a tanto?” Dirá Creonte y vuelve a dar la orden de dispersar ese polvo. El mensajero otra vez en la escena del cadáver, pero ahora Antígona desafía hasta el límite, y se deja sorprender. Ahora es llevada hasta la presencia de Creonte que no sale de su asombro.
“En primer lugar hemos limpiado el cadáver de lo que lo cubría, después lo hemos puesto en dirección contraria al viento. Es necesario, al menos evitar las emanaciones aterradoras de ese cadáver. Pero ha comenzado a soplar gran viento, una tempestad de polvo ha comenzado esta vez a llenar la atmósfera, llenando hasta el gran éter. Hemos cerrados los ojos, aguantando el azote de los dioses, y después de un tiempo, aparece allí esta niña cerca del cadáver, lanzando lastimeras voces, como un pajarito que ha encontrado su nido vacío,  a quien han sido hurtados sus pequeños.... después de levantar el polvo que cubría al cadáver... levantó un jarro labrado en bronce en lo alto, y baña al muerto con la ofrenda de las tres libaciones...” dirá el mensajero.
Creonte está atónito, no puede creer que la niña que él cobija bajo su techo,  haya desobedecido a su ley... y le pregunta:
-Fuiste tu, lo hiciste tu, o lo niegas?
Antígona ha logrado algo. Ha ido hasta el punto del límite desde donde ya no se podrá volver. Y ahí, está tranquila.
“Confieso todo lo hecho, y no niego un punto...”
Creonte, insiste en darle otra oportunidad, y le pregunta si ella desconocía el decreto, si sabía la prohibición de hacerlo... y ella sin titubear responde:
-Lo sabía, la orden estaba clara.
"Pero no tiene nada que hacer con lo que a mí concierne", replica ella en lo concerniente al edicto de la interdicción de tocar el cadáver de Polínice.
                El limite donde ha llegado, es el limite mismo donde se presenta la posibilidad de la transformación. Este límite que se dibuja desde el comienzo, y sin desvío alguno va hacia un punto imposible, va al más allá, hacia el lugar de la cosa innombrable y de todo lo que allí sucede. Antígona es una presencia cortante, enigmática.
En el Seminario El deseo y su interpretación, este concepto de caída, que aparece en Antígona, se enlaza a la propia estructura de lo trágico. La caída de algún lugar supremo, la caída después de alcanzado. En la tragedia griega la caída acontece como el punto inicial, pero Lacan dirá que la caída se enlaza a la castración, a la propia división del sujeto, donde es un “a” lo que va a caer.
Habíamos visto que el enterrar al hermano, se podía asociar a aquello que posibilita el duelo, el luto, y el olvido. No es casual que Freud haya comenzado a hablar de las tragedias en los sueños de muerte de personas queridas, y que la muerte para el sujeto, es esa muerte de los seres queridos, así, desde ese espejismo inescrutable, accede a la idea de la muerte. De lo que se pierde, de lo caído, de lo perdido.
Es con la caída, cuando ella dice a su hermano: "Yo reposaré, amigo amante, casi amador, aquí, cerca de ti". Después de este diálogo con Ismene y la seguridad que ella le da a su resolución, aparece el Coro, que en esta tragedia se ha vuelto valioso otra vez. Y se produce en todo el transcurso del drama una alternancia acción /coro.
La tragedia es una acción. Pero una acción en concordancia con el deseo.
El significante introduce dos órdenes en el mundo: la verdad y el acontecimiento. No existe en la tragedia, ningún acontecimiento verdadero. El héroe y su entorno se sitúan con relación al punto de mira del deseo. Ejemplo: Creonte, después de haber anunciado al son de trompetas que él no cederá jamás sobre sus posiciones, se encuentra con Tiresias, que le reprocha agriamente su actitud y comienza a tener miedo. En aquel momento se dirige al coro y lo interroga: "Entonces, ¿es necesario que yo ceda?". él quiere estar libre de deuda con su conciencia. 
Creonte está lleno de justificaciones. Aparece un mensajero y cuenta lo que ha pasado con el cadáver. Creonte lo amenaza, tiene que encontrar al culpable, a riesgo de muerte.
Luego, el guardia alegre arrastrando a Antígona, la hija de Edipo, la hermana del cadáver condenado. Estas  posiciones de Antígona, también se análoga en sus variantes dramáticas,  a las distintas posiciones de Edipo, el hijo del complejo de Edipo, y el padre, el que fue rey, el que se desterró, el que desapareció hasta quedar como un nombre en esa historia.
Miguel Menassa, en su escrito de La familia como estructura sexual dice:
“Alrededor de la invariante Edipo, pululan los olores de una familia. Un padre muerto, una madre partida en dos y un hijo ciego. Y por si fuera una metáfora, diría, un hijo generalmente extraviado.”
Hemón, increpa a su padre, por haber desencadenado la desgracia. Creonte no cae aún, algo en él no declina, y deja partir a su hijo, bajo las peores amenazas. 
Creonte: Pues con esta, al menos viva, no te casas...
Hemón: Ella morirá pero al morir, hará perecer a otro.
Ha decretado un suplicio para Antígona, entrar completamente viva a la tumba.
El Coro dice: "Esta historia nos vuelve locos dejamos todo, perdemos la cabeza por esta niña". Estamos capturados por: el deseo hecho visible, Antígona ya representa, la vida y la muerte, ella es cadáver aún animado.
Ella asciende hacia un delirio divino, en ese momento aparece Tiresias, con sus profecía que hablan del advenimiento del porvenir, y son esas palabras las que atemorizan a Creonte. Y teme. Se llena de miedo y desvía su dirección, y como dice Lacan, si esto no es la causa, es claramente la señal de su pérdida, y el arrepentimiento lo lleva directamente a caer en el agujero de su propia verdad. Su catástrofe


Tras el arrepentimiento Creonte, va a golpear desesperadamente a las puertas de una tumba detrás de la cual Antígona se ha colgado. Hemón que la abraza lanza sus últimos gemidos sin que, al fin esta Antígona ha sido emparedada, y si Hemón se encuentra allí con Ella uno puede preguntarse, en qué momento ha entrado... esa es la misma escena que se dice de Edipo... que desapareció, no se sabe lo que ha ocurrido en esa tumba. Creonte al acercarse a ese lugar limite, se encuentra con Hemón que sale de ese lugar, con todos los signos de alguien que está fuera de si. Se precipita sobre su padre y lo marca, después se asesina. Y cuando su padre vuelve, encontrará al Mensajero que quiere decirle algo y Creonte pregunta:

¿Hay males mayores después de estos males???

Y el mensajero informa que su mujer está muerta.  Ya su destino también está realizado.

                Ahora es Creonte el que demanda desesperado el limite: "Arrástrenme por los pies. Yo ya no existo, yo ya no soy".
Identificado con el inicio y el final de la vida de Edipo, el que el que debía morir colgado de los pies, y quien al final de sus días decía: ¿Ahora, cuándo nada soy, me convierto en hombre?
En la dimensión trágica se inscriben las acciones y los valores... La ética del psicoanálisis aporta una cierta medida de nuestra acción, más allá del servicio de los bienes. La relación de la acción con el deseo que la habita, en la dimensión trágica, se ejerce en el sentido de un triunfo de la muerte. Todo el trabajo está en querer alcanzar el deseo y el fracaso fundamental en alcanzarlo.
Antígona funda la existencia de su deseo en la fidelidad al nombre legado por su padre, ese es su hermano Polínice, pero ese es el Nombre del padre. Edipo también es su padre y su hermano, ya que se halla hermanado al destino fatal de Antígona.  Es la asunción de un deseo, frente al mandato de Creonte de ultrajar a ese Nombre, dejando al cadáver expuesto a las aves de rapiña.
Creonte defiende y reivindica al Bien, (la sociedad, la razón, el estado), Ella al deseo fundado en ese lazo simbólico.
Antes de morir emparedada, Antígona dice de sí misma que ya está muerta. Ella acepta morir tras haber desobedecido el cruel mandato de Creonte. Pero como todo acto de lenguaje, provoca efectos significantes imposibles de detener. Ella muere primero,  pero deja en él una herida mortal, no logró matarla simbólicamente. Su muerte deja marcado a Creonte de su infamia.
Sobre el final del Seminario VII, Lacan, dirá que el punto de vista de la ética es el de la concepción global de nuestra vida, que equivale a la aceptación del deseo. Es decir, hacerse cargo hasta el punto ficcional en el que no estaremos más en la vida. A la manera de Antígona, aceptar el deseo desde el lugar del ser para la muerte. Hasta ese punto. Ya que de lo contrario, nuestros deseos nos condenarán en su lugar de insatisfechos.
Propongo que de la única cosa de la que se puede ser culpable, al menos en la perspectiva analítica, es de haber cedido a su deseo”,  dirá Lacan para decir que el psicoanálisis mismo es una ética.
El Bien, junto con el servicio de los bienes, (honorabilidad, propiedad, altruismo, etc.) es portador de tal goce mortal porque rompe las amarras con el deseo.
La culpabilidad que puede sentir un sujeto por haber incumplido una ley, siempre es menos dolorosa que la que aparece frente al deseo, que constantemente mide nuestra vida, por la certeza de que vamos a morir.
“La única falta que este puede cometer es ir en contra de su deseo: ceder en su deseo sólo dejará a este sujeto desorientado. Por lo tanto, en la cura, el sujeto hará el «escrutinio de su propia ley» y tomará el riesgo del exceso”... «no hay otro bien que el que puede servir para pagar el precio por el acceso al deseo».
Marcela Villavella
Psicoanalista


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