El amor es siempre perturbador, y los
amores familiares conllevan la marca del malentendido de los sexos por basarse
en la imposibilidad.
El deseo incestuoso está envuelto en una estructura familiar,
en caso de consumarse, los lugares se confunden, o se equivalen, ya no se sabe
quien es quien. Asimismo, respetar esos lugares hacen a la vida simbólica de la humanidad. Esa
reglamentación familiar, por decirlo de algún modo, hace a lo propio del
sujeto; es allí también donde Antígona se sitúa: hay que hacer, lo que hay que
hacer, el acto de sepultar al hermano, humano, ley imperativa. Esa es su
posición frente al lenguaje, esa es su posición ante la ley.... Estoy hecha
para el amor... son sus palabras.
En el drama de Antígona, aparece
crudamente el lugar donde se accede a ese momento irremplazable que designa el
límite que la vida humana. Ella quiere ir hasta ese límite, allí la conduce la
aventura de su pasión, ella quiere ir a cumplir con lo que su deseo le indica,
ella no oculta nada: Ella no puede más.
Si no lo hace su vida no vale la pena ser vida. Ella vive en la memoria del drama intolerable de aquel de
quien ha surgido, esa cepa que acaba de nadificarse bajo la figura de sus dos
hermanos, dirá Lacan. Renuncia a todo por su deseo, ya que el deseo que la conduce,
es lo irrenunciable, ni por bondad, ni
por solidaridad con el hermano muerto, ni por oponerse a Creonte. Vive
en el palacio después de la muerte de su padre, junto con su hermana, con todas
las comodidades, es alimentada, y está comprometida con su hijo. Pero está
sometida a la ley de Creonte, pero sus palabras no son una obstáculo para ella,
eso no la detiene, ya que no puede soportar, depender de aquel que odia.
Al momento de pedir ayuda a su hermana Ismene, ésta se
rehúsa, tiene miedo, es en ese momento que se establece un diálogo de gran
crudeza, donde define absolutamente su posición.
Ismene:
“Reflexiona Hermana, cómo acabó nuestro
padre, aborrecido y sin honra... se arrancó ambos ojos con sus propias manos...
su mujer, nuestra madre, acabó con su vida, y ahora los dos hermanos, en un
solo día se han dado los miserables común muerte con mano fratricida... y ahora
a nosotras dos solitas como hemos quedado... qué muerte atroz nos espera, si a
despecho de la ley, desafiamos los edictos y el poder del tirano?.. que los
muertos me lo dispensen... acataré la autoridad constituida... entrometerse
demasiado es falta de juicio"
Antígona:
“... Yo ya no insisto más, pues aunque tú
quisieras, soy yo quien no quiere más de ti.”
En ese instante nace la enemistad con su hermana. Ha
hecho suya una decisión, aunque por su pasión, podríamos decir, una decisión se
ha apoderado de ella, y debe cumplirla a riesgo de su muerte. La decisión la conduce. Antígona
y su momento esencial de una elección absoluta. Elección que no motiva ningún
bien. La muerte está ya en los dos lugares. La idea de sacrificio se instala en
ella como una solución enigmática, a la cuestión del nombre del padre. Edipo
que mata a su padre sin saber que era su padre. Otro enigma en cuestión. Cuál es
el padre de Antígona, que la lleva a cumplir de manera absoluta con un designio
familiar?
Después de haber escrito Edipo, el héroe trágico del
malentendido, Sófocles precisó en esta historia algo más, una Antígona, la
heredera del pecado, la guardiana del orden significante.
Después, cuando su hermana vuelve arrepentida para
compartir su suerte, pero sin haber incumplido con el mandato, Antígona se ha
vuelto cruel y sólo la rechaza, ya nada la detiene, su desprecio ha superado
los limites: "Permanece con Creonte
a quien tanto amas...”. Sin embargo, algo muestra en ella, un enigma, entre
lo humano y lo inhumano. El Coro está allí acompañando cada momento de la
tragedia, y va a decir de este instante que Antígona ha salido de los límites
humanos, ömós, es la palabra que le grita... ella está en el lugar mas
humano, y al mismo tiempo en un punto no civilizado, como dice Lacan, semejante
a comer carne cruda. Este es el punto de vista del Coro: ella está tan ömós, no
civilizada como su padre.
¿Qué
quiere decir esta salida de los limites humanos en Antígona?.
Su deseo apunta a ese más allá de ese límite. El sujeto
se sitúa en ese lugar particular de borde, donde la dramática más extrema se
juega en la aproximación o no, a ese límite. Cuando uno se aproxima allí, en
esta historia algo ligado a la desdicha de esa familia, cuando uno ha comenzado
a aproximarse a ella, las cosas se precipitan en cascada. Y es en ese borde,
donde lo trágico se desarrolla.
Toda la estructura familiar, está marcada por la
desdicha, la muerte de uno, ha llevando implacablemente a otras muertes en
cadena. El resentimiento y la fatalidad, son el telón de fondo de toda la
descendencia.
Ella realiza un gesto de
sepultamiento, cubriendo a la manera de un ritual, el cuerpo de su hermano muerto
con una fina capa de polvo, de la vista de los otros.
“No
se puede dejar exponer a la faz del mundo esta podredumbre de la cual los
perros y los pájaros vendrán a arrancar jirones para llevarlos sobre los
altares, al corazón de las ciudades donde diseminarán a la vez el horror y la epidemia.” Tiresias a Creonte.
Antígona ha hecho este gesto una vez. Lo que ocurre más
allá de un cierto limite no debe ser visto. Un mensajero ve el cuerpo cubierto
de polvo, y lleva la noticia de lo ocurrido, y pero no se sabe quien lo ha
hecho.
“¿Quien es el
hombre que se ha atrevido a tanto?”
Dirá Creonte y vuelve a dar la orden de dispersar ese polvo. El mensajero otra
vez en la escena del cadáver, pero ahora Antígona desafía hasta el límite, y se
deja sorprender. Ahora es llevada hasta la presencia de Creonte que no sale de
su asombro.
“En
primer lugar hemos limpiado el cadáver de lo que lo cubría, después lo hemos
puesto en dirección contraria al viento. Es necesario, al menos evitar las
emanaciones aterradoras de ese cadáver. Pero ha comenzado a soplar gran viento,
una tempestad de polvo ha comenzado esta vez a llenar la atmósfera, llenando
hasta el gran éter. Hemos cerrados los ojos, aguantando el azote de los dioses,
y después de un tiempo, aparece allí esta niña cerca del cadáver, lanzando
lastimeras voces, como un pajarito que ha encontrado su nido vacío, a quien han sido hurtados sus pequeños....
después de levantar el polvo que cubría al cadáver... levantó un jarro labrado
en bronce en lo alto, y baña al muerto con la ofrenda de las tres
libaciones...” dirá el mensajero.
Creonte está atónito, no puede creer que la niña
que él cobija bajo su techo, haya
desobedecido a su ley... y le pregunta:
-Fuiste
tu, lo hiciste tu, o lo niegas?
Antígona ha logrado algo. Ha ido hasta el punto del
límite desde donde ya no se podrá volver. Y ahí, está tranquila.
“Confieso
todo lo hecho, y no niego un punto...”
Creonte, insiste en darle otra oportunidad, y le
pregunta si ella desconocía el decreto, si sabía la prohibición de hacerlo... y
ella sin titubear responde:
-Lo
sabía, la orden estaba clara.
"Pero no tiene nada
que hacer con lo que a mí concierne",
replica ella en lo concerniente al edicto de la interdicción de tocar el
cadáver de Polínice.
El limite donde ha llegado, es el
limite mismo donde se presenta la posibilidad de la transformación. Este
límite que se dibuja desde el comienzo, y sin desvío alguno va hacia un punto
imposible, va al más allá, hacia el lugar de la cosa innombrable y de todo lo
que allí sucede. Antígona es una presencia cortante, enigmática.
En el Seminario El deseo y su interpretación, este concepto
de caída, que aparece en Antígona, se enlaza a la propia estructura de lo
trágico. La caída de algún lugar supremo, la caída después de alcanzado. En la
tragedia griega la caída acontece como el punto inicial, pero Lacan dirá que la
caída se enlaza a la castración, a la propia división del sujeto, donde es un
“a” lo que va a caer.
Habíamos visto que el enterrar al hermano, se podía asociar
a aquello que posibilita el duelo, el luto, y el olvido. No es casual que Freud
haya comenzado a hablar de las tragedias en los sueños de muerte de personas
queridas, y que la muerte para el sujeto, es esa muerte de los seres queridos,
así, desde ese espejismo inescrutable, accede a la idea de la muerte. De lo que se
pierde, de lo caído, de lo perdido.
Es con la caída, cuando ella dice a su hermano: "Yo reposaré, amigo amante, casi
amador, aquí, cerca de ti". Después de este diálogo con Ismene y la
seguridad que ella le da a su resolución, aparece el Coro, que en esta tragedia
se ha vuelto valioso otra vez. Y se produce en todo el transcurso del drama una
alternancia acción /coro.
La tragedia es una acción. Pero una acción en
concordancia con el deseo.
El significante introduce dos órdenes en el mundo: la
verdad y el acontecimiento. No existe en la tragedia, ningún acontecimiento
verdadero. El héroe y su entorno se sitúan con relación al punto de mira del
deseo. Ejemplo: Creonte, después de haber anunciado al son de trompetas que él
no cederá jamás sobre sus posiciones, se encuentra con Tiresias, que le
reprocha agriamente su actitud y comienza a tener miedo. En aquel momento se
dirige al coro y lo interroga: "Entonces,
¿es necesario que yo ceda?". él quiere estar libre de deuda con su
conciencia.
Creonte está lleno de justificaciones. Aparece un
mensajero y cuenta lo que ha pasado con el cadáver. Creonte lo amenaza, tiene
que encontrar al culpable, a riesgo de muerte.
Luego, el guardia alegre arrastrando a Antígona, la
hija de Edipo, la hermana del cadáver condenado. Estas posiciones de Antígona, también se análoga en
sus variantes dramáticas, a las
distintas posiciones de Edipo, el hijo del complejo de Edipo, y el padre, el
que fue rey, el que se desterró, el que desapareció hasta quedar como un nombre
en esa historia.
Miguel Menassa, en su escrito de La familia como
estructura sexual dice:
“Alrededor de la
invariante Edipo, pululan los olores de una familia. Un padre muerto, una madre
partida en dos y un hijo ciego. Y por si fuera una metáfora, diría, un hijo
generalmente extraviado.”
Hemón, increpa a su padre, por haber desencadenado la
desgracia. Creonte no cae aún, algo en él no declina, y deja partir a su
hijo, bajo las peores amenazas.
Creonte:
Pues con esta, al menos viva, no te casas...
Hemón:
Ella morirá pero al morir, hará perecer a otro.
Ha decretado un suplicio para Antígona, entrar
completamente viva a la tumba.
El
Coro dice: "Esta historia nos vuelve locos dejamos todo, perdemos la
cabeza por esta niña". Estamos capturados por: el deseo hecho visible,
Antígona ya representa, la vida y la muerte, ella es cadáver aún animado.
Ella asciende hacia un delirio divino, en ese momento
aparece Tiresias, con sus profecía que hablan del advenimiento del porvenir, y
son esas palabras las que atemorizan a Creonte. Y teme. Se llena de miedo y
desvía su dirección, y como dice Lacan, si esto no es la causa, es claramente
la señal de su pérdida, y el arrepentimiento lo lleva directamente a caer en el
agujero de su propia verdad. Su catástrofe
Tras el arrepentimiento Creonte, va a golpear
desesperadamente a las puertas de una tumba detrás de la cual Antígona se ha
colgado. Hemón que la abraza lanza sus últimos gemidos sin que, al fin esta
Antígona ha sido emparedada, y si Hemón se encuentra allí con Ella uno puede
preguntarse, en qué momento ha entrado... esa es la misma escena que se dice de
Edipo... que desapareció, no se sabe lo que ha ocurrido en esa tumba. Creonte
al acercarse a ese lugar limite, se encuentra con Hemón que sale de ese lugar,
con todos los signos de alguien que está fuera de si. Se precipita sobre su
padre y lo marca, después se asesina. Y cuando su padre vuelve, encontrará al
Mensajero que quiere decirle algo y Creonte pregunta:
¿Hay
males mayores después de estos males???
Y
el mensajero informa que su mujer está muerta.
Ya su destino también está realizado.
Ahora
es Creonte el que demanda desesperado el limite: "Arrástrenme por los pies.
Yo ya no existo, yo ya no soy".
Identificado con el inicio y el final de la vida de
Edipo, el que el que debía morir colgado de los pies, y quien al final de sus
días decía: ¿Ahora, cuándo nada soy, me convierto en hombre?
En la dimensión trágica se inscriben las acciones y los
valores... La ética del psicoanálisis aporta una cierta medida de nuestra
acción, más allá del servicio de los bienes. La relación de la acción con el
deseo que la habita, en la dimensión trágica, se ejerce en el sentido de un
triunfo de la muerte.
Todo el trabajo está en querer alcanzar el deseo y el fracaso
fundamental en alcanzarlo.
Antígona funda la existencia de su deseo en la
fidelidad al nombre legado por su padre, ese es su hermano Polínice, pero ese
es el Nombre del padre. Edipo también es su padre y su hermano, ya que se halla
hermanado al destino fatal de Antígona.
Es la asunción de un deseo, frente al mandato de Creonte de ultrajar a
ese Nombre, dejando al cadáver expuesto a las aves de rapiña.
Creonte defiende y reivindica al Bien,
(la sociedad, la razón, el estado), Ella al deseo fundado en ese lazo
simbólico.
Antes de morir emparedada, Antígona
dice de sí misma que ya está muerta. Ella acepta morir tras haber desobedecido
el cruel mandato de Creonte. Pero como todo acto de lenguaje, provoca efectos
significantes imposibles de detener. Ella muere primero, pero deja en él una herida mortal, no logró
matarla simbólicamente. Su muerte deja marcado a Creonte de su infamia.
Sobre el final del Seminario VII,
Lacan, dirá que el punto de vista de la ética es el de la concepción global de
nuestra vida, que equivale a la aceptación del deseo. Es decir, hacerse cargo
hasta el punto ficcional en el que no estaremos más en la vida. A la manera de
Antígona, aceptar el deseo desde el lugar del ser para la muerte. Hasta ese
punto. Ya que de lo contrario, nuestros deseos nos condenarán en su lugar de
insatisfechos.
“Propongo que de la única cosa de la que se puede
ser culpable, al menos en la perspectiva analítica, es de haber cedido a su
deseo”, dirá Lacan para decir que el
psicoanálisis mismo es una ética.
El Bien, junto con el servicio de los bienes,
(honorabilidad, propiedad, altruismo, etc.) es portador de tal goce mortal
porque rompe las amarras con el deseo.
La culpabilidad que puede sentir un sujeto por haber
incumplido una ley, siempre es menos dolorosa que la que aparece frente al
deseo, que constantemente mide nuestra vida, por la certeza de que vamos a
morir.
“La única falta que este puede cometer es ir en contra
de su deseo: ceder en su deseo sólo dejará a este sujeto desorientado. Por lo
tanto, en la cura, el sujeto hará el «escrutinio de su propia ley» y tomará el
riesgo del exceso”... «no hay otro bien que
el que puede servir para pagar el precio por el acceso al deseo».
Marcela
Villavella
Psicoanalista

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