jueves, 31 de enero de 2013

Lacan y la clínica psicoanalítica


En primer lugar, definamos la palabra “clínica”. Hay una acepción  actual que se refiere a una demostración de una disciplina artística o deportiva en general, de carácter pedagógico y modalidad informal.
Los ponentes imparten desde sus especialidades, diversos recursos técnicos, de estilos y contenidos, compartiendo su experiencia ante una audiencia reducida que toma parte activa de la reunión.
Citamos como ejemplos: clínica de basketball, de teatro, musical, de danzas.
Es una asimilación del significado en inglés del vocablo “clinic”, que no fue aceptado aún por la Real academia Española.
La acepción clásica, defina la Clínica como la disciplina más importante en el ejercicio de la Medicina, junto con la terapéutica.
Proviene del término Klini, que en griego significa “cama o lecho”.
Comprende el diagnóstico de la enfermedad realizado al pie de la cama del paciente, a través del relato de los síntomas y de la exploración física.

Vamos a trabajar los ejes propuestos por Lacan en una conferencia brindada el 5 de enero de 1976, en Estrasburgo, a propósito del VIII Congreso de la Escuela Freudiana de Paris, texto establecido por J.A. Miller y publicado en la revista Ornicar (versión francesa) en 1977, que se titula “Apertura de la sección clínica”.
Comienza formulando una pregunta: ¿Qué es la clínica psicoanalítica?...
Y responde: “No es complicado, es lo que se dice en un psicoanálisis”.
Uno se propone decir cualquier cosa, pero no desde cualquier sitio, sino desde el diván (hace una juego homofónico con dit-vent: decir viento…) y luego un giro poético: cuando ese viento se criba, hay cosas que echan a volar.
Incluso es posible jactarse de la libertad de asociar, pero resalta que es una libertad falsa, porque la asociación no es libre en absoluto.
El inconciente quiere decir que las asociaciones son ineludibles.
El sujeto no es libre porque está disociado.
Lacan utiliza un verbo que es “clinicar”, y dice habrá que clinicar, acostarse, dice, la clínica está ligada a la cama: se va a ver a alguien acostado, y no se encontró nada mejor que hacer acostar a aquellos que se ofrecen al psicoanálisis, con la esperanza de obtener de ello un beneficio, que no está previsto de antemano, ni se puede garantizar.
Es indudable que el hombre no piensa del mismo modo acostado o de pie, aunque sólo fuera por el hecho de que en posición acostada hace muchas cosas, en particular el amor, y el amor lo arrastra a toda suerte de declaraciones.
En posición acostada, el hombre tiene la ilusión de decir algo que sea decir, o sea, que importe en lo real.
La clínica psicoanalítica consiste en el discernimiento de cosas que importan, y que cuando se haya tomado conciencia de ellas serán de mucho valor.
Hace una distinción entre lo inconciente, y la inconciencia en que el sujeto ha caído respecto de ciertas cuestiones importantes.
Del inconciente dirá que debe ser designado como una equivocación, una equivocación que siempre es de orden significante. Hay una equivocación cuando el sujeto se confunde de significante, y un significante pertenece siempre a un orden más complejo que un simple signo.
El inconciente que Freud “amasa” en La interpretación de los sueños, da cuenta de que hay palabras que se representan ahí como pueden, pero el concepto es allí muy confuso.
Describe el primer aparato psíquico, con el polo de la percepción en relación a la conciencia, y luego una instancia que será el pre-conciente y luego lo inconciente.
Dice también que todo lo que él denominó “retorno a Freud” en realidad tenía la intención de que se viera cuánto cojea, y que fue la idea del significante la que da cuenta de la marcha del inconciente.
El significante no significa absolutamente nada, no hay ningún vínculo entre significante y significado, sólo hay una suerte de sedimento, de cristalización que se cumple, y que se puede calificar tanto de arbitraria como de necesaria.
Lo necesario es que la palabra tenga un uso, y que ese uso se cristalice en el nacimiento de una nueva lengua. Y si bien hay condensación, esto no elimina el desplazamiento, el resbalón que determina la continuidad de la cadena.
Un psicoanalista no puede dejar de lado la lingüística, pero ella deja escapar cómo se mantiene la verdad en lo que es su lugar.
El inconciente está estructurado como un lenguaje, quiere decir que si bien la lengua ha sostenido sus trucos, estos se han vuelto indefinibles.
El sueño demanda cosas, por el término empleado por Freud en alemán, Wunsch, que significa anhelo, es algo que cabalga entre la demanda y el deseo.
De esas primeras palabras escuchadas, y no se sabe bien por qué vías, se va estructurando el inconciente de cada sujeto, pero Lacan anuncia que si bien Freud tenía razón y el campo es freudiano, el inconciente no es de Freud, sino suyo.
Considera que él fue quien lo aisló verdaderamente a partir de esa función que llamó de lo simbólico, mediante la noción de significante.
A lo largo de toda la Interpretación de los sueños, Freud no habla más que de palabras, palabras que se traducen. En esta conceptualización de inconciente, todo es lenguaje. Pero él no tenía la menor idea.
De igual modo, y más allá de todos los excesos cometidos, del abuso del que participa el psicoanálisis como todas las actividades humanas, Lacan se pregunta por qué no se le piden razones al psicoanalista sobre la forma en que se dirige en este campo freudiano, ya que parece que se actuara como si se supiera de qué se trata.
La pregunta con la abre la conferencia: Qué es la clínica psicoanalítica?...pone en acto que se trata de interrogar al psicoanalista para que rinda cuentas.
Desde el comienzo de su práctica y sus investigaciones, Freud se dedica a encontrar en la relación problemática del sujeto consigo mismo, el sentido de sus síntomas, para revelar sus modos de satisfacción, sus máscaras, sus enigmas.
Era esencial fijar la función del síntoma, porque marca o define el campo de lo analizable.
Lacan sostiene que en nuestra experiencia como analistas, asistimos a esa relación particular de un sujeto a su saber sobre sí mismo que se llama síntoma, y que esto constituye uno de los problemas cruciales para el psicoanálisis, porque el síntoma contiene un ser de verdad donde la palabra se manifiesta como verídica.
En la Lógica del fantasma, de 1966/67, dice:
“Es en el síntoma donde se presenta el problema de saber cómo un nudo de malestar y de sufrimiento, constituye sin embargo el lugar donde se sostiene el sujeto que tiene hacia la satisfacción.”
Y en 1974, en la conferencia de prensa previa al VII Congreso de la Escuela freudiana de Paris, en Roma, respondía:
“El análisis se ocupa muy especialmente de lo que llamo el síntoma….lo que no anda…lo real. De eso se ocupan los analistas y están obligados a hacerle frente, a poner el hombro. Para ello, es necesario que estén terriblemente acorazados contra la angustia. Ya es algo que por lo menos, puedan hablar de la angustia…”
La angustia está dada por esa sensación evanescente que aparece cada vez que el sujeto está despegado de su existencia, y donde se percibe a punto de ser tomado por la imagen del otro, suspensión entre un tiempo en el que no sabe más dónde está, y otro tiempo donde será lo que no pueda jamás reencontrarse.
Por otra parte, la angustia también es una señal, una señal desde lo real que no engaña, ese real que es el soporte de la operación de división del sujeto, entre el deseo y el goce.
En el seminario RSI, dice Lacan que el inconciente es eso que responde del síntoma. Es esencial centrarnos en la función del síntoma, ya que él es la respuesta que puede dar el inconciente.
En esta Apertura a la Sección Clínica, propone que cada analista tenga la ocasión de ofrecer esa experiencia singular y ponga a prueba la estrecha relación entre el procesamiento del goce y el des-anudamiento del síntoma.
También nos indica Lacan, que el analista debe captar el juego que juega el sujeto, debe comprender que él será el picón macho o hembra, según la danza que juegue su sujeto.
En su libro “El día que Lacan me adoptó”, Gerard Hadaad relata que en ocasión de comenzar su análisis, llama al número que corresponde, y al ser atendido pregunta: ¿Es la clínica del Dr. Lacan?...A lo cual su interlocutor responde que sí. Al día siguiente, cuando llega a la dirección indicada, le pregunta al encargado del edificio dónde queda la Clínica del Dr. Lacan, y le contestan: -Primer piso por escalera.
Llega al lugar, a la “clínica” y se sorprende de ser recibido por un analista en su consultorio.
Este apólogo sirve para mostrar la ambigüedad de la palabra clínica, y causa un efecto risueño de verdad. No hubiera sucedido lo mismo con la palabra “práctica”.
La clínica es algo que se sostiene en un nombre: la clínica de Freud, de Lacan o de otro, como un concepto diferente de la práctica.
La clínica supone un trabajo sobre la práctica, que el nombre identifica dentro de un marco más amplio llamado clínica psicoanalítica.
Lacan dirá que es en la trama teoría-práctica-clínica en la que se sostiene el analista, y se le impone tolerar lo intolerable, y mostrarse como semblante del objeto.
“Esto es justamente ante lo que se detiene el neurótico, y lo hace por una razón, en cierto modo, interna al análisis: es el análisis el que lo lleva a esa cita. La castración, a fin de cuentas, no es otra cosa que el momento de la interpretación de la castración.”
Inés Barrio
Psicoanalista

miércoles, 23 de enero de 2013

El amor no viene hecho



El amor no viene hecho,  al amor hay que hacerlo” Julio Cortazar. 
Parece que buscar la felicidad, el amor, como algo inseparable a la idea de felicidad, no es una tarea fácil. Y al decir esto estoy diciéndoles que es una tarea, un trabajo.
El concepto de trabajo va ligado a la idea de transformación.
Para la religión judeo-cristiana el trabajo es un castigo que Dios impuso al hombre, “ganarás el pan con el sudor de tu frente”, como un castigo divino o como una tortura, y el correspondiente otorgado a la mujer, “parirás tus hijos con dolor”. Asi, producción y reproducción quedan asociadas a situaciones sudorosas y sufrientes.
Para el psicoanálisis, el trabajo no es cualquier acción que conlleve en sí un esfuerzo. Esforzarse por algo no es trabajar. El trabajo conlleva la idea de obtener por lo que se realiza un producto.
El psicoanálisis sorprende al humano dándole la posibilidad de tomar su decir, como un trabajo que obtendrá como producto, la posibilidad de transformar su destino, hacer otra historia.
Toda actividad del ser humano está atravesada por el lenguaje, por el habla, por una estética, y por una ética, no hay trabajo sin lenguaje.
El concepto de trabajo no es yo trabajo, es el lenguaje quien está implicado, ya que el habla va más allá del sujeto, y no hay sujeto más allá del lenguaje, es decir que cuando uno habla, hay un más allá de lo que sabe. Por eso decimos que en el hablar está el concepto de trabajo.
 El hombre del Paleolítico inferior, no se distinguía demasiado en su fisonomía de los simios. Su manera de desplazarse comenzaba a tener una diferencia con el animal, pero su marcha no era claramente erguida. Sin embargo, este hombre primitivo ya tenía un sentido temeroso y respetuoso por la muerte, por ej: daba sepultura a los cadáveres de sus semejantes.
Otros testimonios de la prehistoria muestran que el hombre del Paleolítico superior fue quien dejó diseñadas en las paredes de las cavernas las primeras imágenes humanas. Pero la distinción contundente respecto del animal en los albores de la humanidad, parece estar en relación al erotismo y a su saber sobre la muerte. Y podríamos decir que la obligación del trabajo fue otro de los hitos que generó una diferencia primordial, para alejarlo definitivamente de la ceguera de los instintos.
El placer para él aparece ahora ligado a otros significantes, placer en el trabajo, por ejemplo, se siente capaz de transformar el trabajo en juego.
También el niño realiza una actividad de investigación en lo que a su realidad sexual se refiere, resultando la motivación de todos sus juegos como un verdadero trabajo.
 Intentemos hablar de los comienzos de la vida: todo humano nace en una paradoja crucial: nace al borde de la muerte, necesita de un otro que desee por él, su vida. Alguien que por amor lo salve de su precariedad, de su nacer en pleno riesgo de morir.
Así, la relación de amor que el bebe entabla con la madre es de tal magnitud, que ella es todo para él, o bien, ella es él, al punto que no distingue su cuerpo del cuerpo de ella. Esta relación  constituye lo que se le llama “célula narcisistica”, él necesita todo de la madre y para él, su madre lo puede todo.
Este fantasma de unidad, sólo se parte con la aparición del tercero, y es una verdadera partición, porque el niño ya no se relaciona con una sola persona, ahora comienza precariamente a relacionarse con dos, es decir, se le abre el mundo.
Es en ese momento cuando se ve obligado a precipitar inconsciente la relación de amor -odio hacia sus padres. Por esto, olvidará esos primeros momentos de amor y deseo, odio y deseo de matar, convirtiéndolos en ternura, competencia, rivalidad, etc. pero el deseo sexual por sus padres permanece inconsciente.
De esta manera, podemos decir que las zonas erógenas serían el testimonio de haber estado en contacto alguna vez, con el objeto de la necesidad. Aquella primera satisfacción de un hambre mortal, exigencia biológica para no morir que se apoyó sobre la boca, dejan ahora a esos labios aptos para besar, hambrientos de otra boca que los toque.
Esa sensualidad de la boca nace apoyada en una dependencia que resultó vital. Tanto como decir que las palabras moduladas por esa boca, pueden ser objetos eróticos privilegiados.
Para el Psicoanálisis, toda historia de amor es la cauterización de una herida sangrante y profunda, por la mutilación que ha sufrido el hombre por la perdida del amor inicial. De allí la importancia del objeto de amor, porque todo amor plantea la posibilidad de su pérdida y la angustia que la acompaña... en el origen del amor hay un duelo...  Por haber sido amado se lo resguardó de la muerte entregándole ese preciado objeto: la palabra.
El amor, a diferencia del deseo, es oblativo por excelencia, siempre es vivido como virtud, ya que nos ha rescatado de esa amenaza con la que nacimos, quedando como un triunfo ante la muerte. Freud dice que lo que debe hacer un psicoanalista no es promover objetos de amor, sino dejar expresar los objetos de deseo. Porque los objetos del amor pueden aplastar los objetos del deseo y es justamente por eso que el sujeto está enfermo. .“El psicoanálisis es una cura a través del amor”, dirá para ampliar la noción de triunfo, ya que se tratará de pasar del amor al deseo.
El amor en realidad, no es traumático ya que neutraliza a la pulsión de muerte siendo la sexualidad uno de los instrumentos para ello. El amor viene a suplir lo imposible que se encuentra en el lugar de la causa de amor, lo que es traumático es la sexualidad... lo imposible del encuentro con el objeto. Estas dos tendencias tienen un destino trágico, ya que esos dos objetos no se concilian. Como si en su esencia, amor y deseo no pudiesen coincidir.
Por lo general, la temática sexual de los mitos ronda alrededor de un conflicto vinculado con la iniciación sexual, el logro del amor de parte de una mujer noble o codiciada; comúnmente el héroe después de tener que pasar por pruebas de su valentía, atravesar infinidad de peripecias, luchas, heridas lacerantes, consigue desembocar en una fase gozosa, dionisíaca: consigue el amor pretendido, a la vez que el reconocimiento de una nueva posición.
La ternura encuentra su apoyatura en la piedad, al reconocer que el sujeto está afectado por el otro, y por el dolor de lo que el otro no es. Por eso podemos decir que el amor tiene que ver con tolerar la diferencia de un encuentro siempre fallido.
Erotismo, amor, mortalidad, trabajo... y una articulación que de no producirse, altera toda la sexualidad, toda la vida.
 El concepto de deseo viene ligado a la historia, tanto del psicoanálisis, como a la historia de sus deseos que el sujeto emprende al comenzar su psicoanálisis.
Así, articula el deseo con el lenguaje, descubriendo su regla de interpretación: la asociación libre, que da acceso a ese saber inconsciente a través del cual se puede leer el deseo de un sujeto.
El deseo que desde la infancia no deja de insistir y determina, sin que él lo sepa, el destino del sujeto, es producido por la interpretación.
¿De qué naturaleza es ese deseo?
El sueño «de la bella carnicera» es un sueño en el que aparece el salmón, plato predilecto de su amiga, la bella dice que le dice al marido, quien siempre quiere complacerla, que no le compre caviar, es decir que no satisfaga su deseo de caviar, después de habérselo pedido.
Freud interpreta estas palabras como deseo de tener un deseo insatisfecho. Escucha el significante «caviar» como metáfora del deseo.
El humano, por la precariedad biológica con la que nace, nace al borde de la muerte, lo marca para toda la vida. Hablaremos de la existencia mítica de una primera experiencia de satisfacción, que deja un rastro en el sujeto que lo pone en la búsqueda permanente de lo que nunca va a poder hallar. Porque aquel perfume, aquel aroma de la primera vez, ya no se encuentra jamás, ya pasó un instante de tiempo y eso modifica en poco o en mucho a la próxima experiencia, mostrando la imposibilidad de lo igual, y la aceptación de la diferencia.
El deseo es quien inicia la búsqueda interminable de ese oscuro objeto perdido.
Freud dice que un hombre muere, cuando su deseo se extingue, dice, el hombre muere cuando su sujeto psíquico ha dejado de desear.

Marcela Villavella
Psicoanalista



jueves, 17 de enero de 2013

Deseo y amor en la neurosis obsesiva


Freud incluye la neurosis obsesiva dentro de las neurosis de transferencia, donde el deseo que está en juego es un deseo sexual infantil que ha sido sometido a grandes tendencias represoras.
           
            En la neurosis obsesiva el Yo ejerce la represión sobre la representación intolerable, que permanece inconsciente, y el afecto se va a enlazar a otra representación, pero insignificante. Toda la dramática del neurótico obsesivo sucede en su psiquismo, las representaciones obsesivas son intensas, lo que trae como consecuencia que padezca de sus propios pensamientos.

            Uno de los mecanismos de defensa utilizados por el Yo, es el llamado formación reactiva. Pueden observarse, muchas veces, en el obsesivo manifestaciones de intensa ternura, que encubren, en realidad, un intenso odio; la persona más amada es, a la vez, la más odiada.

            La neurosis obsesiva y la histeria resultan de una acción traumática de experiencias sexuales vividas en la infancia y de imponerse en una defensa contra la representación a todo afecto que provenga de esas experiencias y que intenten perpetuar lo que tenían de inconciliables con el Yo.

            En la neurosis obsesiva y en la histeria, el trabajo defensivo, se asentará en transformar la representación de la experiencia infantil penosa en una representación debilitada, y en orientar hacia otros modos la suma de excitación que ha sido separada de su fuente verdadera.

             En la histeria la fuente de excitación es volcada a lo corporal por el proceso de conversión, en tanto que, en la neurosis obsesiva como en la fobia, debe permanecer en el dominio psíquico.

            El Superyó tiene una relación muy particular con el Yo del obsesivo, tiraniza al Yo, porque no se anoticia de la represión. El Yo,  bajo los efectos de la represión, desconoce de qué es culpable, pero padece el sentimiento de culpa, que proviene de esta relación con el Superyó. Para defenderse del Superyó, el Yo despliega toda una serie de mecanismos de inhibición, penitencias, síntomas, restricciones, formaciones reactivas, encaminadas al autocastigo.

            Al articular la cadena significante, el sujeto pone en primer plano, la carencia  de ser, carencia de la que intenta sustraerse en un llamado al Otro que obturaría lo que le es imprescindible al sujeto, es decir, el deseo. El Otro es llamado a colmar con aquello que no posee, pues ese Otro como lugar de la palabra, implica también una carencia.
El deseo evoca la carencia del ser bajo tres presencias del vacío que son las que constituyen la demanda de amor, del odio que viene a negar el ser del Otro y de lo indecible, desconocido ante la petición al otro semejante.
            En el texto, “La dirección de la cura”, Lacan expresa que para que el deseo surja, la necesidad tiene que pasar por los desfiladeros del significante. También nos acerca al  concepto  de que el deseo del sujeto es el deseo del Otro y que es la dialéctica de la transferencia la que abre el lugar a ese Otro como lugar de la palabra.
            En la clase “El obsesivo y su deseo”, del seminario 5, Lacan manifiesta que el obsesivo ha de constituirse frente a su deseo evanescente. Dicha evanescencia puede observarse en los proyectos ambiciosos que el obsesivo promueve, los cuales o no son posibles o el deseo se evapora.
            En el neurótico obsesivo se plantea una opción entre el deseo o el Otro. Cada vez que “quiere algo”, ese querer se sostiene en un querer  que es contra el Otro. Tiene la impresión que si lo que él quiere también lo quiere el Otro ya no sería su propio deseo sino que le pertenecería al Otro, lo cual trae como consecuencia la aparición de la duda. Habría una cierta obcecación en el obsesivo, lo que le plantea una paradoja, ya que si es “o deseo o el Otro” no es ninguna de las dos cosas porque el deseo esta en relación al Otro.
            El deseo en la neurosis obsesiva es un deseo imposible ya que al anular el deseo del Otro, anula el propio deseo transformándolo en imposible. Si logra en alguna oportunidad lo que quiere, ya no le interesa porque para lograrlo tuvo que anular el deseo del Otro.
            El obsesivo presenta un conflicto respecto del tiempo que se hace evidente en la postergación, goza en esa postergación. Freud plantea el problema de la postergación en relación al comportamiento anal y al hecho de no ceder el objeto. Lacan lo toma en relación a la demanda, la demanda es demanda del Otro que pide que ceda el objeto anal y la respuesta del obsesivo es la postergación.
            Existe en el obsesivo la ilusión de poder calcular todo y en esa ilusión, ama lo que es posible en oposición a la histérica que ama a la modalidad de la contingencia. En ese calcularlo todo, hay un goce que hace que lo sorpresivo no sea bien recibido y trate de explicarlo como anulando ese efecto de sorpresa.
            El sujeto de la neurosis obsesiva se halla subsumido en los tormentos de sus pensamientos, más interesado en los orígenes de su deseo que en el deseo del Otro. En la histeria y en la obsesión hay una estrategia para mantener el deseo como inaccesible. Para poder amar, el obsesivo, precisa que el objeto sea inaccesible lo que lo conduce al problema del deseo como imposible. En el caso clínico de neurosis obsesiva, trabajado por Freud, “El hombre de las ratas”, se puede observar los movimientos que hacía el paciente para mantener alejada a su amada, se imponía distintos mandamientos tales como no verla, no tocarla para que permaneciera intacta como la dama de sus pensamientos. Era su amada siempre que no pudiera acceder a ella.
El obsesivo lleva consigo el obstáculo para encontrarse con el Otro, lo que denomina Lacan en “El seminario 5”, “la jaula” donde está atrapado; y si se mueve, lo hace con la jaula a cuesta. Si le es posible hacer entrar a su amada, una vez dentro, el deseo muere. Para el obsesivo, el Otro está muerto en relación a su deseo, la amada puede no estar muerta en la realidad pero sí en su deseo.
            El obsesivo instaura una relación de agresión especular a nivel del deseo, postula su deseo contra el Otro y busca anularlo y al realizar este movimiento, destruye su propio deseo. Una vez que logra tener al Otro, ya no le interesa, es decir, que al plantearse “o el deseo o el Otro” pierde ambas cosas.
            El neurótico obsesivo tiene una manera muy particular respecto a sus relaciones, tanto con el otro semejante como con el Otro. El semejante se comporta como su rival y el Otro es aquel lugar desde donde se mira. Lacan plantea que el obsesivo está desdoblado en dos escenarios, está en la arena y, a la misma vez, está en el palco. Un escenario que lo muestra en la arena y al mismo tiempo observando, un escenario en el que se observa así mismo y donde se juega el lugar desde donde se mira y la diferencia donde el sujeto se ve. Se ve allí, con el otro imaginario, con el rival, con lo que Freud llama “yo ideal” y, al mismo tiempo, está en juego el lugar que Lacan llama Ideal del Yo, desde donde se mira.
            En el sujeto de la neurosis obsesiva hay dos maneras de pensar al Otro: el Otro significante y el Otro del deseo. Esto sería la distancia que se puede hallar entre el padre ideal y el padre de la realidad, fortalecido por un deseo que siempre posee alguna falta. El obsesivo concuerda con el Otro significante pero no con el del deseo, Esto se repite en su vida amorosa ya que tiende a la anulación del deseo y por consiguiente suele buscar un partenaire más ligado al significante.
            Lacan trabaja el ejemplo del niño y “su cajita”, donde ese “quiero la cajita” es un pedido que no puede ser sustituido por otra cosa. Sería como una idea fija en donde no hay dialéctica posible, una demanda que presenta un carácter de exigencia absoluta. El obsesivo, pide algo con ese tipo de exigencia para asegurarse que eso que quiere no sea lo que quiera el Otro porque si el Otro quiere lo mismo que él, ya no sabe lo que quiere.
            En los movimientos que realiza el obsesivo hacia su deseo, encuentra siempre un obstáculo pues su problema se sitúa en darle sostén a ese deseo ya que para él está condicionado por la destrucción de Otro aunque lo que sucede es la desaparición de su propio deseo.
            El deseo es el deseo del Otro, se ordena en significantes que vienen del lugar del Otro, para el obsesivo, no hay Otro a nivel del deseo por lo tanto, el deseo del obsesivo se desvanece y logra apoyar su deseo en un objeto que es reductible al significante, el falo. El soporte del falo se puede observar en el rol que juega la hazaña que se propone superar, lugar desde donde cree que debe mostrar su deseo.
            El deseo debe ubicarse y organizarse en un espacio, en el intervalo entre el llamado a la satisfacción y la demanda de amor. Se sitúa en un más acá y más allá en relación a la demanda. El deseo excede a toda respuesta en términos de satisfacción, la respuesta estará dada en el intervalo de los dos planos de la demanda: el plano del significado y el plano del significante. Cuando se aborda al sujeto del deseo, el Otro, es el relevo, el lugar donde surge la pregunta: Che vuoi? Es al Otro, como lugar de la palabra, a quien va dirigida la pregunta, a quien se dirige la demanda, a ese Otro que también desconoce su deseo, donde podrá encontrar las claves para descifrar su propio deseo pero no la respuesta pues el Otro es un sujeto barrado como él mismo.
Paula Putero
Psicoanalista

lunes, 14 de enero de 2013

Síndrome depresivo y organicidad



Diferentes enfoques intentan enlazar las enfermedades orgánicas, particularmente aquellas que generan alguna discapacidad, a la melancolía. La historia de la medicina nos muestra que la noción de imagen del cuerpo es la de un cuerpo real, que busca sus fundamentos en la neurología, en lo que se ve, se tocan o revelan los exámenes complementarios, es decir, tratará de un cuerpo solamente imaginario.
Reconocer la influencia de los factores emocionales en el proceso de enfermarse, lo que da origen a los caminos de la psicosomática, sigue siendo un conflicto para muchos profesionales del arte de curar. De este modo, lo somatopsíquico introduce el concepto de que el factor corporal de ciertas enfermedades es capaz de modificar el estado psíquico del sujeto.
La concepción biologista atribuye a varias entidades clínicas un síndrome depresivo, o más genéricamente de acuerdo al DSMIII, un desorden distímico, como manera de debut, a veces precediendo por meses o años al resto de los síntomas. Entre estas entidades se citan algunas enfermedades neurológicas como el Parkinson, los accidentes cerebrovasculares y los síndromes demenciales; el hipotiroidismo; los déficits nutricionales como el de Cianocobalamina o vitamina B12; el infarto de miocardio y otras cardiopatías; distintas neoplasias, entre ellas el cáncer de páncreas, el envejecimiento normal y prematuro, por citar algunas.
La condición depresiva se vincularía al daño de estructuras corticales con modificación de los parámetros neuroquímicos.
El cuadro depresivo asociado a organicidad se distingue de otros tipos de melancolía por el predominio de síntomas corporales, como letargo, pérdida de peso y trastornos significativos del sueño, sobre una base de tristeza que responde a un elemento esencial: la pérdida de objeto, en este caso, de una abstracción equivalente a un objeto amado, la salud.
La melancolía, en estos casos, parece tener una relación estrecha al tipo narcisista de elección de objeto, donde se planteará una discordancia entre la representación del sí mismo (esquema corporal) y el yo ideal, generándose profundo displacer.
El sujeto que padece una enfermedad discapacitante, en algún sentido, se rehúsa a aceptar su nuevo status, se aferra desesperadamente a lo imaginario que le devuelve aquel que fue  antes de enfermar, y al no poder dar por perdido lo perdido, al no poder discriminarse del objeto perdido, se empobrece a sí mismo, se melancoliza.
En su trabajo Introducción al Narcisismo de 1914, dirá Freud que el sujeto toma como objeto sexual su propio cuerpo: lo acaricia, lo contempla, lo besa hasta llegar a la satisfacción completa.
Desde ese punto, constituye una perversión; pero también es el complemento libidinoso de la pulsión de conservación.
La elección de objeto de acuerdo al tipo narcisista dirá que se ama lo que uno fue, lo que uno es, o lo que uno quisiera ser. Así, la herida narcisista provocada por la enfermedad orgánica, modifica al yo y aumenta la brecha existente entre esa instancia y el yo ideal.
Inicialmente, habría una carga primitiva de libido en el yo, que cuando sobrepasa ciertos niveles críticos, se ve forzada a franquear las fronteras del narcisismo, e investir objetos exteriores. Estas cargas objetales van a alcanzar su máximo desarrollo en el amor.
Comenzamos a amar para no enfermar y a la vez, enfermamos en cuanto dejamos o no logramos amar.
La enfermedad orgánica ejerce una influencia profunda sobre la distribución de la libido. El sujeto aquejado por un dolor o malestar físico, cesa de interesarse por el mundo exterior en cuanto no se relacione a su dolencia; retira de sus objetos eróticos el interés libidinoso, por lo que mientras sufre, deja de amar.
Refiriéndose al poeta con dolor de muelas, recordemos a Wilhelm Busch, que dijo << Concentrándose estaba su alma en el estrecho hoyo de su molar>>. En la enfermedad orgánica, libido e interés del yo vuelven a hacerse indiferenciables, como en los primeros estadíos y tienen un objetivo común: la recuperación de la salud.
Así como en la enfermedad, el sueño también representa una retracción de la libido hacia el yo sobre el deseo único y exclusivo de dormir. En la hipocondría el paciente concentra su libido sobre el órgano que le preocupa y manifiesta sensaciones somáticas displacenteras. La diferencia estriba en el hecho de que en la enfermedad orgánica las afecciones son comprobables, y en la hipocondría no.
El órgano enfermo, o el órgano presumido de enfermo, tiene una erogeneidad magnificada respecto de otras partes del cuerpo, por lo que se altera la distribución libidinal en el sentido de un retorno narcisista.
Cuando esto ocurre en alguien que ha seguido el camino de la elección de objeto de tipo narcisista, el yo no aceptará fácilmente el pedido que le hace la realidad.
<<Desde que me sucedió esto – lo impronunciable, la pérdida de mi brazo y pierna izquierdos – el mundo entero se me vino abajo>>.
Una diabetes, un riñón o hígado insuficientes, la amputación de un miembro, una ceguera, modificarán su vida para siempre. El mundo se derrumba y todo pierde altura y valor vivido desde esa posición nueva, incongruente con el imaginario del paciente, desde ese cuerpo nuevo, repudiado por la falta, y a la vez capturado por la falta como si todo el yo fuese esa falta.
El objeto perdido, no se da por perdido y por lo tanto no podrá ser reencontrado bajo otras formas, otros caminos, otros objetos del amor.

Inés Barrio
Psicoanalista

jueves, 10 de enero de 2013

Ahora por ley, tratame



La exitosa serie de televisión argentina a la que alude el título, nos mostró que el buen y el mal trato se viven y aprenden en familia, que tu propio padre puede gritarte porque “él grita” y tu madre decir espera a ver “cómo lo manejo”, con el que año a año tranquiliza  a los hijos, como si la educación y el buen trato pasasen por calmar. También mostró cómo en su misma casa, su hija alentada por una amiga, vendía sexo por internet. El cliente le pedía lo que tenía que hacer, porque aunque fuera sin tocarla, era prostitución y él pagaba.
La serie terminó el “episodio” de manera floja. El padre gritón descubre la cosa, el guionista hace que el “cliente” fuese también “cliente” del analista del señor padre y todo queda en que el prostituyente era un enfermo y de denunciar a los traficantes, ni una palabra. Floja manera, aunque la serie tiene muchas cosas buenas para pensar la supuestamente eterna bondad de la familia.
Claro que hay enfermos sexuales que sólo se excitan frente a lo que prostituyen comprando, pero no puede justificarse el comercio de mujeres como tratamiento de los enfermos sexuales. Calmar a los militares radicados en la selva mediante la misión patriótica de enviarles un barco de mujeres prostituidas, no era una defensa de la trata, era la manera literaria en que hace cuarenta años se podía criticar la mentalidad de los militares golpistas de toda América Latina y denunciar indirectamente el tráfico “patriótico”. Qué bueno era entonces Varguitas y su Pantaleón!
Pero fuera de la metáfora literaria, he leído y oído en consulta, justificaciones literales del consumo de mujeres por hombres, que “simplemente” ejercen de clientes. Hacer lo que el marido quiera en la cama era el cometido de toda mujer cristiana: aunque fuese reina, en la cama era esclava. Y Franco o el arzobispo de Toledo que confesaba a Isabel La Católica, no fueron especímenes raros, únicos ni están extinguidos. Son dinosaurios ricos que campan especialmente comprando en los países pobres, en las provincias con más analfabetismo, amparados en las religiones de todo color que alimentan la esclavitud de las mujeres.
Tampoco es verdad esa mentira asumida según la cual los hombres pueden hacer con otras lo que no hacen con las esposas. Siendo sus mujeres sustitutas de su madre, a ellas no les está destinado el fluido emergente de un previo avasallamiento de una mujer. No es la santidad de la esposa sino la doble moral masculina la que alimenta y paga el tráfico y a los traficantes. Y avasallar y prostituir a una mujer es violencia de género.
Ninguna libertad, ningún derecho.
Por eso estuvo bien prohibir los anuncios que ofrecen sexo amparados en un supuesto ejercicio de la libertad. ¿En la libertad de quién? En la trata de personas, como en la violencia de género, el que vende y el que compra, como el que violenta a una mujer y a su prole, no nos coloca  ni ante la libertad ni ante la enfermedad sino ante hechos totalmente punibles que pasan como legales, compro una mujer porque me excita como compro pan porque tengo hambre. Y traficar con mujeres como violentarlas, no es algo privado sino algo social.
Durante miles de años y aun, la violencia de género pasó como accidente doméstico, como hecho privado. Sólo hace doce años que la OMS la considera una enfermedad social producto del patriarcado. Tarde. Pero por fin.
Y ahora encara Argentina el dicho según el cual: la famosa prostitución es el “trabajo” más antiguo de la humanidad. Si antes indiqué no regalar diagnósticos a los maltratadores, ahora digo que lo más antiguo de la humanidad es la explotación de las mujeres. Y así entramos en la trata en su acepción “comercial”. Mientras lo que se traficaba eran mujeres negras, nadie cayó en la cuenta.
Las negras como los negros y las mulas y los caballos, se vendían, se compraban, se torturaban, se traían en barcos y en las plazas mayores se subastaban. Comercio de gente como comercio de bienes. Ya cuando empezaron a traficarse mujeres blancas es que empezó a reinar la doble moral, ya no lo llamamos comercio sino “trata de blancas”, doble moral porque creó el sintagma pero no creó las leyes ni la educación que lo penalice.
La trata de personas con fines sexuales es un comercio viejo como la especie. Las mujeres y los niños y niñas, como seres vulnerables y sometidos a la fuerza, son lo que se vende y lo que se compra. Como en el caso de Marita Verón, es cierto que a veces hay mujeres implicadas en este modo de delito, pero las estadísticas gritan que por goleada imparable, son más los hombres que venden y los hombres que consumen. En medio,  las mujeres traficadas y maltratadas.
Tienen razón los diputados varones que declararon que si los hombres no compran, otros hombres no ganan y sobremanera  insisto  en decir que,  si no denunciamos los largos brazos del patriarcado, no habrá visos de transformación social. Por eso, aunque sea ya a finales de 2012, felicidades Argentina por esta nueva ley que  penaliza la trata.
Bibiana Degli Esposti
Psicoanalista