miércoles, 20 de febrero de 2013

Tragicómico - Última parte -


Freud en El chiste y su relación con lo inconsciente,  realiza una distinción entre el chiste, lo cómico y el humor, señalando que la diferencia estriba en que el chiste es el ahorro del gasto psíquico de la represión de un pensamiento, “chistear” en lugar de reprimir; mientras que lo cómico es el ahorro del gasto psíquico de una representación, de una imagen, alguien nos representa para reírnos de nosotros mismos. Y en cuanto al humor, el ahorro se produce sobre el gasto psíquico que consumiría un sentimiento. El humor hace ambiguo todo lo que toca.
Ver la mueca de lo cómico en lo trágico, decía Melville en su Movy Dyck, no hay dudas el lenguaje es el protagonista siempre, y allí nunca es una versión la que reina. El to be or not..., que aparece como pregunta angustiante el Hamlet, es una frase que puede transformarse en cómica, sólo con hacer como el comediante, que mientras lo pronunciaba una y mil veces, se rascaba la cabeza.  Lo real, lo imaginario, con lo simbólico abrochando la escena, provoca gracia en el sujeto. El agrado risueño de la repetición de la misma frase, y con un gesto distraído, se produce porque en ese momento, está allí presente toda la dimensión del lenguaje, y como sabemos, la verdadera agudeza es de las palabras.
Hamlet era un experto en los juegos de palabras, juegos de equívocos, dobles sentidos, como cuando dice: “Economía, Horacio, economía, los manjares cocidos para el funeral, se sirvieron de fiambre en la mesa nupcial”.  En el humor está en juego el límite de lo mortal del sujeto, allí, lo establece, con este foils, voy a morir; por eso es innato al humor la autoreferencia, solamente en ese juego con la muerte, adviene como un don.
La experiencia del humor, no es de todos, es para el sujeto, un privilegio. Produce admiración, entusiasmo; el yo no es afectado, por el contrario, logra encontrar placer en lo penoso de su existencia. Desde allí podemos pensar al sujeto vivenciando su división constitutiva, su condición sexual y mortal, con una ganancia de placer y con ahorro de sufrimiento. Desobstruye así una vía para acercarse a lo imposible de decir, y le permite enfrentar su malestar cotidiano, con un cierto grado de esperanza, y en una sonrisa recuperar la alegría de la infancia, una edad, como decía Freud, en la que ignorábamos lo cómico, no teníamos ingenio, ni necesidad del humor para sentirnos felices.
Lacan, reúne por un lado el chiste, como el juego sobre el puro significante; por otro lado lo cómico, como revelación de «la verdad del sujeto en un objeto velado que se hace surgir». Ese objeto faltante, es el falo de la comedia, ya que  presentifica al deseo en tanto que no se lo reconoce, y es por ello, que la realidad no puede oponerse. La comedia pone en escena la «trampa del deseo»: la ilusión de llegar a responder a la demanda. Un instante de felicidad. La máscara sonriente de la comedia.
El chiste comparte con el humor las posibilidades que entrega el lenguaje, esa fuerza libidinal como descarga social que derivándose en el significante, va ir encontrando en la risa una suerte de “acodadura con lo real imposible de decir”. Cada sujeto trata con sus particulares maneras, de arreglárselas con la insistencia cruel del Superyó, que siempre lo pone en falta, y sustituirlo por la función ordenadora del padre. 
El chiste es un juego de uno consigo mismo, pero exige un tercero, que a través de su risa consagre la verdad inconsciente; lo cómico tiene sólo dos polos, el yo y el objeto. El humor también está en ese campo, puesto que no carece de «afecto», como lo cómico; Lacan nos dice que incide en lo inconsciente, en la medida en que el yo se defiende allí de lo real gracias al polo positivo del Superyó (ideal del yo); pero su circuito acabado tiene lugar en el sujeto. El humor es lo que el Superyó aporta a lo cómico. Lo cómico puro está fuera del chiste.
Freud formula: lo cómico es el efecto y el chiste más bien la causa; y subraya que lo cómico es de entrada «hallazgo», es un destello, una sorpresa; en cambio chiste es algo «elaborado». Lo cómico puede «enmascarar» al chiste, al hacer «tolerable» la verdad inconsciente que en él se revela.
Durante el proceso de un psicoanálisis, el chiste abre la escucha del analista al trabajo del inconsciente, porque aparecen allí los conceptos de condensación y, desplazamiento propios del proceso primario. A su vez, la esencia del chiste está siempre condicionada al oído del otro,  ese es su desafío mayor: que a través de su goce con el significante, se logre en  esa articulación, un destello de verdad, donde el otro es enlazado.
En el buen humor no se está en querella con el Otro, allí el sujeto se las ingenia con sus incertidumbres, con  inconsistencia en ser. Por otro lado, Lacan define al mal humor, como un toque de lo real, un cuerpo incómodo que no encuentra alojamiento en el lenguaje, al menos no de su agrado.
La tragedia en el teatro es un prolongado lamento, pero vibrante, transmite toda la piedad y el terror del engarce de la vida y la muerte. No es que en la tragedia o en la comedia haya diferencias en sus temáticas, sino que la diferencia estriba en las máscaras, en la manera de encubrir los sentimientos. En la comedia reina el rodeo, los caminos indirectos, los enredos, la ironía, es capaz de hacer trascender un sufrimiento hasta la alegría. Por otra parte, en la tragedia, el camino es más corto y más directo, el ascenso de Antígona al suplicio, donde las preguntas sólo conducen al final.
El bien dentro del mal, el mal en el bien.... así tragedia y comedia parecen enraizarse hasta lo más profundo. La tragedia dice: en medio de la vida estamos en la muerte, y la comedia le responde, en medio de la muerte, estamos en la vida.
Sexualidad y muerte, son significantes primordiales del hombre que lo hacen discurrir en el lenguaje, desde el comienzo de su vida y hasta su propio final. Y mientras que al humor se lo hace derivar de la sublimación, el chiste por el contrario, juega con la sexualidad contenida y con la hostilidad. El chiste verde de contenido sexual y el humor negro, que resalta lo enfermo, lo mutilado, la muerte, hacen de trasfondo al buen humor, y sus enlaces con la sublimación.  En el discurso, siempre está en juego la tragedia de los hechos y la comedia de los sexos.
El comentario de Schopenhauer sobre la comedia, que indicaba que debe apurarse a bajar el telón en el momento de la alegría, a fin de que no veamos que ha de suceder luego, nos permite pensar, en los vaivenes de lo psíquico, su temporalidad,   y sus efectos en la vida, todo final feliz conlleva una tristeza, una ironía, y la marca indeleble del significante final.

Marcela Villavella
Psicoanalista

domingo, 17 de febrero de 2013

Tragicómico - Primera parte -


Qué es lo tragicómico? Es esa articulación de dos géneros diferentes, inclusive contrarios: la tragedia y la comedia. Lo tragicómico, liga a la desesperación con la esperanza.
La desesperación, nos hace hablar de lo insoluble, lo amenazante e inescrutable, la encrucijada, el punto, el destino o el camino del sujeto hacia su mortalidad. Y la esperanza, la asociamos con lo circunstancial, la posibilidad, los rodeos, lo múltiple, los juegos sexuales, la polisemia, la suma.
El uso de la palabra tragicomedia, se remonta a la época de la Antigua Roma, pero recién en el Renacimiento, se generalizó el término. Los italianos del Renacimiento  la llamaban “tragedia con final feliz”, y fueron ellos los que inventaron, la tragicomedia pastoral, donde el final feliz estaba implícito desde el comienzo.
Durante ese período, no era considerado un género menor, y llevó un complejo y largo pasaje separar a la tragedia de la comedia, de forma estricta, lo que sucede recién en el siglo XVII. Antes de llamarse tragicomedia se la llamaba, drama libre.
Lo tragicómico de esos tiempos, estaba lleno de conflictos y tensiones sin resolución. Sin embargo, esa idea de tragedia con final feliz, o tragedia trascendida, encuentra una brecha para mostrar cómo partiendo de un asunto conflictivo, de apariencia irresoluble, va encontrando en una nueva forma de estructuración que le permite salir del universo de lo trágico. Ejemplo: Fausto de Goethe, que trabaja hasta lograr un esperanzado final... Generalmente la trama comienza a partir de una perdida insoportable, pero a medida que se va desenvolviendo, se ve la elaboración de un camino posible que permite una salida en la sustitución  de lo perdido, dando alternativas a una nueva manera de vivir.
De esto habla el psicoanálisis, desde su origen.
A las tragedias se las relaciona directamente con la muerte, y a la comedia, a los casamientos o nacimientos.                
La comedia se apodera de la agresividad que desarrolla la farsa, y la tragicomedia la toma ya corregida por la comedia. Pero en tanto el logro de la comedia tiende a moderar la violencia de la agresión –interrumpiéndola, dominándola, etc- la veracidad de la tragicomedia tiende a realzarla o incrementarla.
Un paisaje puede ser bello, grandioso, insignificante, pero jamás podría ser trágico o ridículo. Cualquier cosa que nos convoca llanto o risa, lo hemos humanizado previamente o simultáneamente, en nuestra manera de mirar o de comprender. Fuera de lo propiamente humano no hay trágico ni cómico.
El Psicoanálisis, es un tratamiento que tiene por objeto los fenómenos marginales tales como el sueño, el acto fallido, el síntoma y los chistes... en la medida que tal o cual actividad se erotiza, es decir, es atrapada como mecanismo del deseo, interviene la angustia.
Lo psíquico del sujeto está en su decir. Así como el psicoanálisis no encuentra diferencias en el método para escuchar a diferentes sujetos, ya que lo que se dice estará sobredeterminado por lo inconsciente, así como durmiendo los mecanismos psíquicos trabajan a destajo, al despertar, ningún trabajo se detiene. En la propia estructura de lo trágico, lo cómico, la tragicomedia, la farsa, el melodrama, el sujeto está allí, atrapado en sus propias redes significantes.
La emoción que despierta una tragedia o una comedia en los espectadores está enraizada en el deseo mismo. Ambas a su vez, mantienen una posición frente a la ley. El deseo más poderoso del hombre es desear, no desear algo, sino desear... ni ser buenos, ni ser justos. La ley tampoco es justa o injusta, lo que nos permite la ley es hacer pactos. Pactar porque somos deseantes. La relación que mantienen la comedia y el drama con la ley, se debe a la poderosa fuerza del desear... Al hombre no le interesa ser bueno, hacer el bien, o ser justo, lo que quiere es ser justificado, que esos deseos “injustificables”, sean aceptados.
En lo trágico, hay una ligadura entre el deseo y la acción. “en un mal encuentro, Edipo mata a su padre”. Aquello que pedía ser desviado, se encuentra.
En contrapartida, en lo cómico, tampoco se produce un desvío que dé cuenta del movimiento metonímico del deseo. Lo  cómico se produce cuando aparece un fracaso en la relación del deseo con la acción. Es por esto, que lo cómico, el chiste pertenece a las formaciones del inconsciente, donde la verdad se escabulle, y la predominancia es de la máscara, allí donde la relación entre el deseo y la acción es siempre fallida. La verdad no está en lo cómico al alcance del sujeto.
Todas las formaciones del inconsciente, el síntoma, el acto fallido, el chiste, tienen su existencia en ese fracaso entre el deseo y la acción. Y de allí su surgimiento.

Marcela Villavella
Psicoanalista